Diez días después de asumir la presidencia de Chile, Michelle Bachelet eligió Argentina para realizar su primera visita oficial al exterior. El escenario sirvió para mostrar que su Gobierno continuará con la política de apertura comercial de su antecesor Ricardo Lagos, pero que tendrá también su propio sello: más relación con los vecinos y una preocupación común con los ejecutivos de la región por distribuir de modo más equitativo los beneficios del desarrollo.
«Dejamos de mirarnos como adversarios para convertirnos en amigos y socios. No perdamos la perspectiva. Esta vez tenemos el anhelo común de derrocar a la pobreza y de construir una globalización más equitativa y más humana», dijo ayer Bachelet ante la asamblea legislativa argentina después de reunirse con su homólogo Néstor Kirchner y con una docena de gobernadores provinciales.
Chile es una de las economías más abiertas del mundo. En los últimos años, el país avanzó en acuerdos de libre comercio con Estados Unidos, Canadá, México, Unión Europea, China, Singapur y Corea del Sur. No obstante, los gobiernos de la coalición gobernante, integrada por socialistas y democristianos, miraron siempre con recelo a sus vecinos. Esta brecha promete achicarse con Bachelet, empezando por Argentina.
Nada casual
Con excelente vínculo personal con Kirchner y su esposa, la senadora Cristina Fernández, Bachelet afirmó ayer en Buenos Aires que la elección de Argentina como primer destino no tuvo nada de casual. «La idea era dar una clara señal», subrayó la primera presidenta elegida por el voto popular en Sudamérica. Argentina y Chile comparten una frontera de 3.500 kilómetros, pero fue más largo el tiempo de recelos mutuos que de cooperación.
Con Lagos, las relaciones bilaterales se estrecharon al principio, pero se enfriaron luego a raíz de la decisión de Kirchner de frenar las exportaciones de gas a Chile en 2004. El presidente argentino adoptó esa medida para disminuir la escasez del fluido en el mercado interno.