Son las cornadas del hambre. Los chicos franceses temen al contrato basura porque tienen miedo a entrar en el futuro por la puerta de la marginación. Son malos tiempos para la lírica gala. La brava marsellesa está hecha unos zorros y las revoluciones de ahora las hacen los chavales y los trabajadores desde el miedo a la indigencia. Nada que ver con el glamour del 68 y su rebelión burguesa. Entonces se cuestionaba el sistema, y contestatarios como Cohn Bendit ('El Rojo') fueron parachutados a ejecutivos agresivos. Cuestión de pensamiento. Hoy el estómago ha sustituido al cerebro. La cerilla se acerca a la estopa y en la barricada prende la banlieu y el suburbio de París se calienta osmótico y se funde como el mercurio.
Al otro lado de la barricada, la derechona y las fuerzas del orden reparten leña, indiscriminadamente. Se les va la mano dentro y fuera. Disputan la jefatura del Estado. Villepin ha resistido como un hombre para transmitir a las clases medias una imagen roquiacea en su penosa y larga carrera al Elíseo. Y venga leña y cara de palo. Y los chicos, de la calle al hospital, recibiendo las cicatrices de la vida en sesión continua y como por un tubo. Y los sindicatos empujando para que el 'grandeur' no olvide sus orígenes humildes. Y Villepin sin inmutarse, como un crucero de lujo en medio de la tormenta. Hasta que llegó el ladino Sarkozy y dijo algo parecido a que había que ser flexible. El dragón humeante de la banlieu, rezumando poesía solidaria y lamiendo voluntades entre las familias llenas de estupor y de zozobra, sembrando para las presidenciales. «Hay que dialogar». Su fuego atronador convertido de pronto en serpentina.
Mucha cara y mucha deshonestidad a repartir. Porque el caballero andante, el Villepin honorable de adarga, escudero de Chirac y paladín de la ética que quedó tras la declaración infame de la guerra de Irak, el mismo que nos devolvió entonces la confianza en una bonhomía aristocrática, en la elegancia del buen juicio frente al bárbaro texano, se abraza al 'quio mando' de la Malquerida. Recoge velas frente a su retador y anuncia que quiere negociar «lo más rápidamente posible», «con un orden del día sin limitación» y «en la fecha que les convenga». Tiene guasa. Y, a partir de ahí, ¿quién recompone la cara a los que se la han roto? Para este viaje no necesitaba alforjas. La misma desazón que animaba a estudiantes y sindicatos los lleva también al diálogo. Juega con la ventaja de la necesidad (2,6 millones de parados) en plena corriente de inestabilidad, dilapidado el capital de las clases medias para hacer más ricos a los ricos y más pobres a los pobres. Osea, carne de cañón y barricada. Villepin cree que hay más ricos que pobres, aunque estos últimos sean más bullidores y, en paro o en expectativa de destino, se les pueda entretener corriendo delante de los toros. Es una actitud disimuladora de democracia prostituida que da miedo. Casi más más que la dictadura inclemente de los Lukashenko, muñidora de intereses turbios que se ven venir. Aquí la 'liberté' se defiende a brazo partido (y no es un eufemismo). Allá el tirano degüella la revolución retirando las raciones de te y salchichón a los manifestantes. Para un hombre como yo terriblemente doloroso, pero que, cuando menos, no deja cicatrices.