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Viernes, 24 de marzo de 2006
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POLÍTICA
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Voces desde la distancia
Los que salieron de Euskadi para huir de las amenazas o de un clima que se les hizo asfixiante contemplan con pesimismo y hasta con amargura el alto el fuego de ETA y no se plantean volver
Voces desde  la distancia
EN MADRID. El profesor Joaquín de Paúl confiesa que se marchó de Euskadi porque estaba «harto de vivir en un país asfixiante». / JOSE RAMON LADRA
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El pesimismo y la amargura pesan más en quienes un día decidieron que ya no eran bienvenidos en su tierra y, hartos del acoso y la amenaza permanentes, hicieron las maletas. O en quienes simplemente se cansaron de vivir en una sociedad en la que no se sentían iguales a algunos de sus prójimos y aprovecharon las circunstancias vitales o laborales para poner tierra de por medio. Los exiliados vascos -un colectivo que plataformas como el Foro Ermua cifran en 200.000 personas; otros hablan de «miles y miles»- miran en general con recelo el alto el fuego decretado por ETA. El clima de odio que a ellos les amargó la vida, razonan, necesitará «muchos años» para desaparecer del todo. Estas son sus historias.

ANA CRESPO

Ex portavoz del PP en Ermua

«No se me pasa por la cabeza volver»

Ana Crespo decidió que no «aguantaba» más en Ermua cuando el acoso terrorista que ella había asumido casi como parte inevitable de su cargo de portavoz y presidenta del PP en la localidad vizcaína se extendió a su familia. «Se me rompieron los nervios», recuerda ahora desde su exilio de cinco años en Galicia. «Empecé a recibir llamadas de madrugada diciéndome que tenía una hija muy guapa, que sabían que mi marido llegaba a las cuatro de la mañana al puerto de Ondarroa, que desde Ermua había 27 kilómetros De pronto me di cuenta de que pasaba horas en el balcón esperando que apareciera su coche y que si mi hija tardaba diez minutos ya estaba pensando 'me la han matado'. Llega un momento en que todo eso te desquicia y te supera».

Ese momento llegó, efectivamente, para Ana, que para entonces ya llevaba a sus espaldas el trauma del secuestro y asesinato de su compañero Miguel Ángel Blanco. Fue entonces cuando decidió «poner tierra de por medio» para evitar a su familia «tanto sufrimiento». «Si hubiera sido sólo por mí me habría quedado», dice en el tono melancólico que tiñe cada una de las palabras de una mujer que admite no estar «del todo integrada» en su nueva vida, pese a que ha creado la asociación 'Voces del silencio' -de la que es vicepresidenta- para defender el derecho de los que se vieron obligados a hacer las maletas a seguir votando en Euskadi y a ser reconocidos como víctimas de ETA, además de ayudar a los que afrontan problemas de desempleo o vivienda. «Echo de menos a mis amigos », se lamenta, pero pese a todo es tajante: «Ni se me pasa por la cabeza volver». Y no sólo porque sus hijos ya estén adaptados a la vida en Galicia, sino también porque no se «cree» el alto el fuego de la banda. «No nos han pedido perdón, no han dicho que vayan a deponer las armas, las bombas y las extorsiones han estado ahí hasta hace nada Todo es tan triste y tan repugnante. Los criminales tienen que pagar por lo que han hecho, no pueden irse de rositas».

MARÍA JESÚS LEJARRETA

Hija del ex diputado general de Álava Manuel Lejarreta

«Ojalá mis hijos puedan ir sin miedo a Euskadi»

«Acompañad a vuestro padre, que si le ven con niños no se atreven a disparar». A María Jesús Lejarreta se le ha quedado grabada la frase que les decía su madre a ella y a sus cuatro hermanos menores en los años de plomo en que su padre, el ex alcalde de Vitoria Manuel Lejarreta, fue diputado general de Álava. En aquella época, entre 1972 y 1977, su vida cotidiana se asemejaba a una pesadilla delirante. El padre, amenazado de muerte, se veía obligado a salir a la calle con guardaespaldas y chaleco antibalas y toda la familia convivía con un miñón dentro de casa, que sólo salía para intercambiar su turno con otro policía foral. El mal sueño no acabó cuando Lejarreta dimitió de su cargo y le retiraron todas las medidas de protección. ETA había asesinado hace unos meses a su homólogo guipuzcoano, Juan María de Araluce, y tiempo después, hizo correr la misma suerte al de Vizcaya, Augusto Uncetabarrenechea. Sólo quedaba él.

Mientras, el delirio seguía su curso. «Una vecina que tenía un hijo en los 'polimilis' nos dio un 'soplo'. Vino a decirle a mi padre 'Manolo, estáte tranquilo que te han hecho un juicio en Francia y te han absuelto porque dicen que no has sido sectario con el pueblo vasco'. Es increíble, pero aquello pasó». Después, llegaron las cartas de extorsión. «Había tres opciones: pagar, negociar el pago o marcharse. Y mis padres eligieron la tercera».

Corría 1980, a finales de verano. María Jesús tenía entonces veinte años. Hoy tiene 46, está casada, es madre de tres hijos y tiene su vida hecha en Madrid, desde donde contempla con «escepticismo» el alto el fuego de ETA. «No me lo creo, aunque me encantaría estar equivocada. Creo que serán muy buenos unos meses y luego volverán». Ella acaricia la idea de poder comprar un apartamento en Euskadi para pasar las vacaciones, aunque como un proyecto lejano. Y desea que sus hijos, «si algún día quieren vivir y trabajar en el País Vasco, puedan hacerlo libremente igual que en Albacete o en Valencia». «No quiero que tengan miedo».

JOSÉ MARÍA CALLEJA

Periodista

«Los partidos deben pedir la vuelta de los exiliados»

José María Calleja aconseja extremar la «prudencia» pero sus palabras desprenden más confianza que las de otros que acabaron por marcharse de Euskadi. El periodista cree que hay «motivos para la esperanza» tras la declaración de ETA, que para él confirma la «derrota policial» de la banda y demuestra que «los demócratas hemos aguantado el tirón, que no han conseguido cargarse el sistema». Calleja, que mantiene su casa de San Sebastián «a pesar de las dificultades» y no descarta volver algún día si los avatares profesionales así lo aconsejan, subraya que queda por lograr la «derrota política» de la banda y su entorno. «La sociedad vasca tiene que hacer la digestión de demasiados años de odio, del 'algo habrá hecho', de matar dos veces a las víctimas, con el tiro y con el desprecio y el olvido. Ahora hay que desactivar el odio a lo español».

Para contribuir a superar esa «asignatura pendiente» y lograr que «nacionalistas y no nacionalistas tengan los mismos derechos», Calleja -que admite que se marchó a Madrid «no por miedo», pese a vivir amenazado y con escolta, sino porque «me quedé sin trabajo»- propone una fórmula novedosa de «didáctica democrática», que tiene mucho que ver con los «miles y miles» de ciudadanos vascos que dejaron su tierra. «Todos los partidos, también los nacionalistas, deberían hacer un llamamiento simbólico para que todos aquellos que se fueron por miedo puedan volver sin sentirse unos apestados», reclama.

NIEVES BAGLIETTO

Hermana de Ramón Baglietto y ex dirigente de UCD

«Yo ya no voy a ver la paz»

«Mi abuela era del caserío Lersundi de Azkoitia. Soy vasca hasta la médula». Lo dice Nieves Baglietto, que ha pasado los últimos veintiseis años -ahora tiene 80- lejos de su Euskadi natal. Miembro de la ejecutiva de UCD y hermana del dirigente del mismo partido Ramón Baglietto, el calvario de su familia es de sobra conocido, sobre todo desde que el etarra que asesinó a su hermano, Kandido Azpiazu, abriera una cristalería junto al portal de su cuñada, Pilar Elías. Quince días después del asesinato de Ramón, el 12 de mayo de 1980, Nieves recibió dos llamadas en su casa para advertirle de que, si no hacía pronto las maletas, «yo sería la siguiente». Después, la Policía le comunicó que su nombre figuraba en las listas de objetivos de ETA y la UCD conminó a sus cargos a abandonar Euskadi, ante la «cacería» que ETA había desatado contra ellos.

«Por mí me habría quedado, pero no tenía derecho a privar a mis diez hijos de la libertad ni a obligarles a que vivieran siempre con esa espada de Damocles encima», recuerda ahora desde Madrid. Aunque de vez en cuando vuelve a Azkoitia para ver a sus hermanos, a sus sobrinos y a su nieta, Nieves se ve incapaz de volver a vivir a diario «en el clima que se respira allí». «Es que uno no puede hablar ni en su propia casa. Y la lengua Yo soy vascoparlante, pero los nacionalistas la han patrimonializado y la han convertido en un instrumento de separación». ¿Y no hay ahora lugar para la esperanza de regresar a un país en paz? Definitivamente, no para ella. «Para nada, los violentos están crecidos, vuelven a ser pseudolegales. No me creo nada. A Zapatero, que es un ingenuo con mucha ilusión, le han engañado. Yo tengo ya ochenta años y estoy convencida de que no veré la paz».

JOAQUÍN DE PAÚL

Profesor universitario y ex decano de Psicología de la UPV

«Vamos hacia un país cada vez más nacionalista»

Aunque a Joaquín de Paúl -los amigos le llaman 'Kintxo'- nadie le «perseguía por los pasillos» de la UPV en su etapa de decano de la Facultad de Psicología, decidió en el verano de 2004 cambiar de aires. Lo hizo «más por aburrimiento» que por las complicaciones, entre ellas la obligación de vivir con protección permanente, que le traían su apoyo público a candidatos constitucionalistas, su militancia activa en plataformas como Basta Ya y Foro Ermua, o la situación «tensa» que se creó en la Universidad tras su integración como aspirante a vicerrector en una de las planchas «no nacionalistas» que concurrieron a los comicios internos de la institución. «Estuve muy en el candelero, se dijeron muchas cosas de mí y eso conlleva cierto riesgo. Pero me marché porque estaba harto, quería respirar aire puro y salir de un país que se me había hecho asfixiante, siempre con el mismo rollo, siempre con el monotema».

Su razonamiento para justificar sus escasas ganas de regresar es demoledor. Cree que el País Vasco post-alto el fuego no se parecerá en nada «al País Vasco en el que me gustaría vivir. Prefiero Nueva York, París o Madrid, lugares en los que andas tranquilamente por la calle y nadie te pregunta de dónde eres. Como encima soy de familia vasca allí era una especie de traidor». En su opinión, está «claro» que «tendrá que haber concesiones» políticas a ETA para que su decisión sea irreversible. Y eso traerá, vaticina, «una Euskadi más nacionalista para el 50% de los vascos que no lo somos». «Por lo menos esta generación se puede olvidar de recuperar una convivencia normal».

o.barriuso@diario-elcorreo.com



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