En primer lugar quiero agradecer a EL CORREO la oportunidad que me brinda para poder dirigirme a mi afición. Y lo primero que me viene a la cabeza es una frase, sacada de la letra del himno del Alavés, que utilizábamos muchísimo en mi época como jugador alavesista y que nos servia como acicate en los malos momentos y era: 'Ánimo pues'. Resulta que en estos momentos, más que nunca, es necesaria usarla tanto en el plano deportivo como institucional. Para seguir luchando por intentar mantenerse en Primera División y para conseguir que el máximo accionista del Alavés y la persona que nos representa, si no cambia de actitud, se vaya por donde vino.
Desde la lejanía me da mucha pena observar en qué se ha convertido el club que llevo en mi corazón y que ahora está en boca de la opinión pública, no por sus hazañas deportivas conseguidas (subcampeonato de la Copa de la UEFA), sino por las excentricidades y la soberbia de una persona con un ego impresionante, que antepone su vanidad sin importarle lo más mínimo la imagen que el club exporta al exterior.
Imagen deteriorada
Ánimo pues a toda esa afición que quiere luchar por defender la imagen de un club deteriorado por un personaje que aterrizó en Gasteiz y se compró un capricho y al que conviene recordarle que en esta institución ha habido personas que han amado el club desde su más tierna infancia; personas que han peleado por el club en categorías regionales, donde no hay cámaras de televisión, ni ruedas de prensa; personas que han entregado todo, desde su juventud, por su amor al club. Entre otros muchos nombres recuerdo dos muy especiales, Juan Arregui y José Luis Compañón, los cuales estoy convencido que estarían dolidos y peleando por devolver la imagen que siempre ha tenido El Glorioso y que ahora una persona autoritaria y dictatorial se está encargando de dilapidarla y ensuciarla.
Ánimo pues también para los jugadores, que necesitan, además de la tranquilidad del entorno, los ánimos de la afición para seguir militando una temporada más en Primera. Porque no tienen que olvidar que sus éxitos y fracasos son también los de miles de personas que sufren y se alegran con ellos.
Para finalizar, además de desear que las aguas vuelvan a su cauce y que el Alavés recupere la imagen de un club del que siempre nos hemos sentidos orgullosos, comentarle a Dmitry Piterman que ser el máximo accionista del Alavés no le da derecho a jugar con los sentimientos de miles de alaveses y de personas que quieren, de verdad, al club.