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BALONCESTO
Un pésimo arbitraje acaba con las ilusiones del Lagun Aro ante el Madrid (77-90)
Desequilibrados, los rojillos se rindieron antes de tiempo
Un pésimo arbitraje acaba con las ilusiones del Lagun Aro ante el Madrid (77-90)
NOTABLES. Rancik y Gélabale, dos 'delicatessen' baloncestísticas. / FOTOS: FERNANDO GÓMEZ Y MITXEL ATRIO
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Retumbaron todos los tópicos en La Casilla. Con razón. Los coros que históricamente han citado la ayuda que algunos grandes reciben para acabar con piezas de menor rango, cobró plena vigencia en un demencial Lagun Aro-Real Madrid, convertido en un ejercicio local de agonía. Lástima que los mandamientos periodísticos impidan desvelar conversaciones privadas. Ayer, en el post partido, hasta los jugadores blancos y su propio técnico reconocían haberse visto sorprendidos -en su caso, felizmente- por lo acontecido en la cancha con la actuación arbitral. Dos listones diferentes, inalcanzable el rojillo y accesible el blanco. Así, no hay manera.

¿Qué hubiera ocurrido de no haber mediado lo que unánimemente fue considerado como un atropello? Posiblemente, poco habría cambiado y a estas horas se hablaría de una victoria madridista. Un equipazo, el 'merengue', con una capacidad física demoledora, una amplia rotación y calidad impagable en sus hombres exteriores, liderados por un sensacional Bullock. Pero la pregunta quedará sin respuesta porque el trío Amorós-Alzuria-Terreros (el riojano, el último citado, lleva camino de batir récords con los bilbaínos) amordazó y maniató a uno de los contendientes, el cuadro local.

Le resultó imposible al Lagun Aro lanzarse a tumba abierta tras un frío comienzo y una espectacular recuperación. En el primer cuarto estuvo a merced del fuerte ritmo y contundencia de los de Maljkovic, que aún se valían por sí mismos para manejar con firmeza las riendas del partido. Mientras los locales superaban a duras penas su dieta de anotación desde la línea de tiros libres, sus oponentes combinaban los bocados en forma de triples con el juego interior para Reyes y Hervelle.

Llevaba mal rumbo tan incierto viaje cuando la casta, el orgullo y la confianza en poder noquear a su quinto grande afloró entre los hombres de negro. Comenzó una nueva película, una segunda parte que, para los intereses locales, superaba con creces los vivido en la primera entrega. Sólo fue necesario defender con más ímpetu. Hacerlo y ver al Madrid por momentos desarbolado, sobre todo cuando Rakocevic tomaba respiro, fue todo uno. Un parcial de 9-0 encendía el polvorín de La Casilla. El Lagun Aro llegaba a dominar en el marcador (31-30). Las mentes volaban, pero el trío de la matinal tenía las tijeras de podar dispuestas para acabar con cualquier ala libertina.

Fue un shock para los vizcaínos. También para su banquillo. El partido derivó en una amalgama de malas vibraciones cada vez que sonaba un silbato. Ante la duda, para los blancos. Sus placajes formaban parte del juego, pero los roces que recibían eran dignos de encarcelamiento. Sin remilgos. Sin paciencia para aceptar recriminaciones. Montañez en su partido 250 en la ACB recibía la primera técnica. Scott se apuntaría la segunda, pese a llevar más de una década por estos pagos. Los brazos en alto, gesticulaciones y parrafadas de Bullock o Gélabale, asumibles para los trencillas. Bochornoso.

La resignación hizo mella, lo mismo que la incidencia de Vidorreta en mantener una defensa zonal mixta que saltó repetidamente hecha pedazos ante el tino desde la línea de tres de Rakocevic, Scales y Bullock, que recibían una y otra vez con libertad y tiempo para posicionarse, apuntar y ejecutar. Nada que objetar a su calidad.

Mirar para otro lado

La cosa fue de mal en peor, lo mismo que las decisiones menos salomónicas imaginables. Fue como si los colegiados quisieran demostrar que no se arrugan ante nada -en canchas como La Casilla es fácil-. Miraron para otro lado -es la única explicación posible- cada vez que los rojillos buscaban la penetración y se topaban con murallas en movimiento. La frustración fue demoledora. Lo mismo que la escasa rotación con la que cuenta en la actualidad este equipo. Con Banic, Majstorovic y Cabeza confinados al ostracismo y Stefanovic sacando por segunda jornada consecutiva los pies del tiesto -desacertado en el juego y desafiante cuando fue sustituido- la tarea pendiente era excesiva para los siete hombres en los que Vidorreta ha exclusivizado su confianza. Salgado combinó una estadística excelente con pecados quizá forzados por su extrema responsabilidad. Rancik pagó caros su excesos de ímpetu, aunque sea una lástima que no se pueda clonar su orgullo de jugador ganador. Weis pareció estar ante una de sus jornadas mágicas y tiró mucho del equipo para rescatarlo a tiempo, pero también acabó, como todos, defenestrado.

La rendición fue prematura mediado el último cuarto. Aunque, posiblemente, hubiera dado lo mismo. Ayer era imposible ganar... al Real Madrid.

j.m.cortizas@diario-elcorreo.com



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