Todas nuestras lecturas andan cruzadas. Cuando leemos un libro cualquiera, cada línea puede llegar a despertarnos sugerencias inusitadas, a veces compartidas por otras personas. Acabo de leer 'Crónicas mafiosas' (Cahoba Ed.), un libro escrito por el periodista Joan Queralt. Ahí da cuenta de los últimos veinte años de lucha contra la Cosa Nostra. Anota que en Sicilia hay unos 6.000 mafiosos (uno por cada mil habitantes), y un conjunto de cerca de 200 asociaciones infestadas del 'estilo criminal'. Recordemos que entre 1985 y 2000, el joven y rebelde democristiano Orlando fue alcalde de Palermo, llegó a alcanzar el 70% de los votos; por eso ahora algunos hablan de la 'frustrada' primavera siciliana. Digamos también que entre 1971 y 1992 fueron asesinados 24 magistrados italianos, entre ellos los legendarios Falcone y Borsellino. Queralt incluye unos anexos con las largas declaraciones oficiales que dos mafiosos 'arrepentidos', Gaspare Mutolo y Antonino Giuffrè -conocido capo- hicieron ante la Justicia. Son interesantes y dan muestra de cómo se pueden abrir grietas en los ámbitos del hampa.
Entretanto, a los espectadores anónimos que no se resignan a perder la dignidad ni tampoco la honradez no les queda más que esmerarse en poseer un carácter razonable y sólido: en sus manos, la única posibilidad de vencer y convencer. Algunos de los comportamientos usuales en este mundo criminal que aquí se recogen se ponen ellos solos en evidencia. Vale la pena ventilarlos.
¿A quién le puede sorprender la aprobación del asesinato como «un acto de justicia que responde a fines nobles y generosos»? Algo más, quizá, que prefieran estar en la cárcel con dinero a estar en libertad sin dinero; claro que algunos viven en chirona como pachás. Queralt destaca que un denominador común de las relaciones 'personales' dentro de la organización es la soledad y la falta de confianza. Hay fuertes vínculos de afecto entre ellos, pero siempre con un 'sometimiento' básico. La gente de Cosa Nostra, prisionera del destino, tiene vedada cualquier autonomía de pensamiento. La 'omertà' no es sólo el juramento de guardar silencio, sino aceptar el 'hecho' de no tener nada que decir porque no hay nada que pensar. Destapar esta venda conlleva la vergüenza de estar dentro de una cadena de maltrato y de miedo a la libertad.