El primer ministro palestino, Ismail Hanniya, ofreció ayer en el discurso de su investidura algunas indicaciones de lo que serán las líneas maestras de su Gobierno y sorprendió al anunciar, por un lado, su aceptación de las fronteras de 1967 para solucionar el enfrentamiento con Israel y, por otro, al trasladar su disposición para hablar con el Cuarteto sobre la frágil situación que atraviesa el proceso de paz. Pero este grupo mediador lo forman EE UU, la UE, las Naciones Unidas y la Federación Rusa, por lo que, como representación genuina de la comunidad internacional, sólo pueden aceptar que Hanniya reconsidere su negativa a reconocer el derecho a la existencia del Estado de Israel y se avenga a resolver el conflicto por la vía de la negociación, en ausencia de toda violencia, con el Ejecutivo que surja de las urnas a las que hoy están llamados los israelíes.
Hanniya puede creer que sería capaz de romper la unidad de criterio del Cuarteto tras algún gesto recibido de Putin. Pero el líder ruso, como miembro del equipo que administra la Hoja de Ruta, tratará de ceñirse a los fundamentos de la misma. Por otro lado, el inminente Ejecutivo palestino estará solo en la singladura política que comienza -no logró ni un voto fuera de la estricta obediencia islamista- y, aunque su mayoría absoluta garantiza la investidura del Gabinete, Hanniya debería calibrar lo que ello significa. Al fin y al cabo, la OLP, de la que Hamás no forma parte, representa históricamente al conjunto del pueblo palestino y ha dado continuidad a su causa.
El primer ministro de Hamás está lanzando también un guiño a las filas árabes -que hoy abren en Jartum la Cumbre de la Liga de los Estados Árabes- en busca de financiación para paliar una acuciante falta de fondos. La convergencia hacia la política posible que se le exige al Ejecutivo de Hanniya debe calibrar, igualmente, la posibilidad de que un Gabinete palestino incapaz de sostener sus instituciones busque apoyos en lugares peligrosos para el difícil equilibrio de la zona.