El Correo Digital
Miércoles, 29 de marzo de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
Alto el fuego
Una vez declarado el alto el fuego permanente por parte de ETA se ha podido notar un fenómeno no por esperado menos curioso: hay gente a la que esa declaración no le ha gustado nada. Sobre todo en las primeras horas tras el comunicado podían verse insólitas caras de enfado colosal, como si la posibilidad de acabar con una guerra estúpida que ha dejado más de 800 muertos y centenares de heridos, que ha destruido bienes y haciendas y ha puesto a este país al borde del precipicio fuera un revés intolerable en vez de una buena noticia. Quien esto firma ha tenido que escuchar todo tipo de improperios contra el presidente Zapatero por parte de quienes parece preferir que las cosas sigan igual y continuemos en el lamentable estado de incertidumbre en el que estábamos. Es gente rara, si se me permite decirlo.

Ni el análisis textual del comunicado, que no han leído, les convence. Ni la ausencia de cualquier legado a favor de la autodeterminación o la independencia les hace albergar la más mínima esperanza, y a veces da por pensar que sin enemigo feroz sus neuronas no funcionan o no quieren funcionar. Nadie en sus cabales puede dejar de desconfiar en el fondo de su ánimo, porque somos perros viejos y ya conocemos que después de acariciar el lomo al enemigo nos puede devolver una dentellada mortal, pero también es posible que esta vez las cosas funcionen de otro modo.

Es algo parecido a lo que los anglosajones llaman 'wishful thinking': que lo que se piensa coincida con lo que se desea, aunque quede abierta la ventana mental que nos permite permanecer a pesar de todo en precavido estado de alerta. Lo que me resulta un tanto irritante es que haya ciudadanos que no estén dispuestos ni siquiera a esperar acontecimientos, aunque sean favorables para la paz definitiva después de tantos años de sangre y dolor. No vamos a salir a la calle a pegar saltos de alegría, ni vamos a incurrir en una variante estúpida del síndrome de Estocolmo. Sólo a esperar a que se instale de una vez el sentido común y pare para siempre la espiral absurda que Forges en una lúcida viñeta ha llamado la última guerra carlista, aquella carnicería demente que tan bien nos define en los libros de Historia. No sé qué pasará a partir de ahora, pero sí sé lo que quiero que pase. Lo mismo que cualquier con unos cuantos gramos de buena voluntad en el cerebro, ese órgano imprescindible del que se ha prescindido tanto. Luego ya habrá tiempo de repensarlo todo, incluidas las sandeces que han servido de arsenal ideológico a los pistoleros.



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