La propia amplitud de una exposición tan extraordinaria como la que el Guggenheim Bilbao consagra al arte de Rusia obliga a una compleja inmersión en la historia del arte. No en vano, a cada paso del recorrido el espectador siente la necesidad de cotejar y comprobar el paralelismo de una corriente, un autor o un estilo con sus coetáneos en Occidente. Así, desde los iconos y la iconografía religiosa del arte paleocristiano oriental a las vanguardias históricas o al realismo social, la comparación siempre sugiere la propia significación de un arte perfectamente enlazado con los grandes movimientos estéticos.
De hecho, aun con la mirada hacia Oriente, es imposible que el arte bizantino de los iconos rusos no recuerde a la cultura helenística. Igualmente, los sublimes retratos del XVIII son perfectamente comparables con los de la misma época en Francia o Inglaterra, donde máxima era la idealización de lo imperfecto. Lo mismo sucede con el romanticismo de Briulov, con el realismo de ensoñación que pinta Aivazovski, con los ismos y las vanguardias de los grandes nombres rusos y hasta con el muy posterior estilo doctrinal del realismo socialista, cuyo rechazo a la influencia extranjera no impedía ciertas similitudes formales y compositivas.
LO MEJOR. Pocas muestras son capaces de combinar tan sabiamente la visión enciclopédica con la exhibición particular de diversas obras maestras en distintos periodos de la historia del arte. Entre estas últimas, el espectador no debe perderse 'La novena ola', de Aivazovski, una marina romántica en gran formato. Tampoco 'Los sirgadores del Volga', un cuadro de Repin con manifiesta crítica social. Y mucho menos, los Gauguin y Matisse del Ermitage o el compendio de las vanguardias históricas en diversas obras.
LO MÁS FESTIVO. La figura medio pop del 'Cosmonauta' creada por Oleg Kulik y la escultura de cera de Anna Kurnikova, que bien podría haber sido firmada por Jeff Koons. Son los informalismos del arte ruso de los 60, que dan paso a esa instalación con cuarenta figuras en adoración y metáfora o a un tríptico de Yan Kilevski, con una figura de espaldas que en la inauguración de Nueva York trajo de cabeza a los escoltas de Vladímir Putin.