«No sé de leyes, no soy abogada ni jueza, pero no entiendo por qué yo tengo que estar protegida y él por ahí, nadie sabe dónde. Sólo hay un hecho, que se pondrá con diferentes palabras, pero el tío se ha marchado de la manera más fácil posible, no ha tenido mucho impedimento para hacerlo». La joven víctima de una agresión sexual en la salida del ascensor de Solokoetexe, en Bilbao, en la madrugada del pasado día 19 de marzo, aún intenta «asimilar» que el imputado «desapareciera» del Juzgado cuando le iban a notificar su ingreso en prisión, y que desde entonces, permanezca en paradero desconocido. «En mi opinión, estando en la situación en la que estaba, debería haber tenido una vigilancia policial», sostiene.
Desde que el encausado se marchó, a mediodía del pasado miércoles, día 29 de marzo, el titular del Juzgado de Instrucción número 1 de Bilbao, encargado del caso, dictó una orden de detención contra A.B. para su inmediato traslado a la cárcel de Basauri, y fijó «protección para la víctima». Mientras se celebra esta entrevista, dos agentes de la Ertzaintza, que la acompañan en todo momento y a los que tiene que avisar cada vez que entra y sale de casa o de su trabajo, esperan en la calle.
«Mi vida ha cambiado completamente y sólo espero, por el bien de todos, que le detengan cuanto antes, y que esto no dure mucho tiempo más».
Aquel día, la joven, de 29 años, que prefiere no identificarse, se acababa de despedir de sus amigas en la plaza Unamuno, en el corazón del Casco Viejo bilbaíno, y regresaba a casa. Cuando esperaba al ascensor, un joven, aparentemente «educado», le pidió dinero para el billete, y ella se lo dio, «para que me dejara tranquila». Ese mismo chico la abordó después en la pasarela de salida, la golpeó y la agredió sexualmente mientras ella chillaba «como loca» pidiendo ayuda, según su denuncia ante la Ertzaintza y el Juzgado de Guardia.
Según su testimonio, el desconocido la levantó en volandas, la golpeó la cabeza contra el suelo, la arrastró y le provocó desgarros en la boca, además de otras lesiones en la zona vaginal, mientras amenazaba con matarla si no se callaba y la insultaba. «Yo me resistí, hubo un forcejeo, le mordí...» Entonces, él huyó «desbocado» por las escaleras de Iturribide. Ensangrentada y dolorida, no encontró ayuda hasta que llegó a su casa y sus hermanos la llevaron al hospital.
Días después, el pasado 24 de marzo, ella misma se cruzó con el presunto agresor en la calle cuando acudía a la asociación Clara Campoamor a recibir asistencia letrada y psicológica, y avisó a la Ertzaintza. El joven, con antecedentes por robo con fuerza y lesiones, intentó darse a la fuga y fue reducido. Tras el arresto, A.B., de 21 años, fue puesto a disposición del juez, que le dejó en libertad provisional con la obligación de presentarse en el Juzgado semanalmente, y de estar localizable.
La joven ha tenido que reconocer a su supuesto agresor «cuatro veces». «Me dio tiempo a verle bien la cara», dice. La última de ellas, la misma mañana en que A.B. desapareció. Al observar indicios de criminalidad y pese a una prueba negativa de ADN de un cigarrillo encontrado en el ascensor, el juez dictó un auto de prisión provisional, que no pudo hacerse efectivo porque el joven se había ido del Juzgado.
Cuando su abogada le llamó por teléfono para comunicárselo, «no me lo podía creer, yo pensaba que, por lógica, estaba vigilado, con policías». A medida que pasaba el tiempo, «me fui poniendo mal, y pensé: 'otra vez, desprotección total'».