El Correo Digital
Domingo, 2 de abril de 2006
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OPINIÓN
EDITORIAL
Tiempo de disolución
La multitudinaria manifestación que en la tarde de ayer re corrió las calles de Bilbao tras el lema 'Es tiempo de solución', aun habiendo sido convocada por distintas organizaciones políticas, sindicales y culturales, respondió al interés de la izquierda abertzale de transferir a la sociedad y a las instituciones democráticas la responsabilidad de que el «alto el fuego permanente» de ETA se prolongue indefinidamente. Es cierto que la convocatoria fue anterior al comunicado emitido por ETA el 22 de marzo. Pero su celebración, aun en el ejercicio de la libertad de manifestación, contribuye a escorar el esperanzador momento que se ha abierto con la tregua hacia el lado de quienes tratan de interpretar la coyuntura como oportunidad para las aspiraciones más soberanistas. No es una casualidad que tanto en el momento de su múltiple convocatoria como al término de la manifestación sus promotores han eludido enviar mensaje alguno a ETA exigiéndole su definitiva desaparición para sentir la paz como una realidad irreversible. Que Eusko Alkartasuna, partido del Gobierno Ibarretxe, fuese uno de los convocantes y que la movilización acabara siendo secundada por la organización juvenil del PNV -EGI- en contra de la posición del EBB y del explícito llamamiento de Imaz para que sus afiliados no acudiesen a dicha cita refleja hasta qué punto el nacionalismo gobernante está dividido entre quienes preferirían reeditar la estrategia de «acumulación de fuerzas» abertzales de los tiempos de Lizarra y los que tratan de evitar que sean quienes han venido dando cobertura al terrorismo los que obtengan mayores réditos del «alto el fuego».

Muy probablemente, la mayoría de los miles de ciudadanos que ayer decidieron manifestarse en Bilbao están a favor de que ETA se retire de la escena política. Pero resulta ingenuo pensar que es secundando convocatorias como la de ayer como se abrevia el tiempo de espera de la definitiva paz en el País Vasco. Todo lo contrario, así es como, lejos de que se diferencie el logro de la paz del diálogo que pueda llevarse a cabo entre los partidos y en las instituciones, ETA puede sentirse tentada a supeditar posteriores pasos hacia el desarme al previo logro de sus apetencias políticas. En cualquier caso, no sería exagerado concluir que los efectos de la manifestación sólo pueden ser capitalizados por la izquierda abertzale ilegalizada. Del mismo modo que resulta evidente la intencionalidad que muchos de los convocantes confiesan de aprovecharse del llamado 'proceso de paz' para conducir al PNV al desempeño de un papel secundario en la nueva etapa.

La gestión del tiempo que pudiera desembocar en un proceso de paz es objeto de debate público, en el que los partidos vascos parecen enfrentarse a una encrucijada respecto al orden de los factores pacificación y normalización. Encrucijada que suscita diferencias palpables entre quienes tratan de apuntalar la desaparición del terrorismo verificando que es ésa la voluntad de ETA y mostrándose prudentes a la hora de poner en marcha una mesa de partidos, y aquéllos que, por el contrario, insisten en formalizar el diálogo político y dar inicio a lo que denominan 'fase resolutiva' cuanto antes. Todo ello como reflejo del horizonte hacia el que desean orientar sus respectivos esfuerzos.

Las voces de ETA que secundaron la convocatoria de ayer a través de las firmas del colectivo de presos y del colectivo de huidos insistieron en su compromiso por una 'solución democrática' que, tomando como base la autodeterminación y la territorialidad, tenga como consecuencia la amnistía. Es evidente que la izquierda abertzale trata de proyectar la idea de que ETA ya ha dado el paso que se le requería, y que ahora les toca corresponderle al Estado y a la sociedad en general. Tal lógica resulta tan engañosa como eficaz, especialmente de cara al mundo nacionalista. Porque lleva a demandar 'generosidad y amplitud de miras' al Estado, fomentando de paso una sensación de bilateralidad y de homologación entre la banda terrorista y el Gobierno legítimo. Pero hay más. Es a partir de esa lógica que la izquierda abertzale se atreve a situar la autodeterminación y la territorialidad no como objetivos de una parte del espectro político sino como elementos esenciales de unas nuevas reglas de juego; como condiciones imprescindibles para que la izquierda abertzale acepte la nueva situación como plenamente democrática.

Cada día que transcurre sin violencia alienta la sensación de que el alto el fuego es irreversible. Sin embargo, se suceden señales e indicios de elocuentes divergencias en la interpretación de los acontecimientos por parte de las formaciones políticas, y sombras que denotan la existencia de voluntades proclives a aprovecharse del «alto el fuego permanente» para obtener una posición de ventaja a favor de las tesis soberanistas. Un capítulo en el que entrará toda movilización que contribuya a transferir la responsabilidad a la sociedad y al Estado, olvidándose intencionadamente de que ETA sigue aún ahí.



Vocento