Rondan los treinta, trabajan y comparten piso en Bilbao desde hace poco más de un mes. «Es lo único que nos podemos permitir con nuestros sueldos». Ruth, Isabel y Ana pagan 225 euros cada una -gastos aparte- por una vivienda de cien metros cuadrados sin grandes lujos. «Es una vergüenza que una persona trabajadora no pueda ni alquilar un apartamento. Los precios están por los nubes y las nóminas no llevan tantos ceros como nos quieren hacer creer», protesta Ruth, licenciada en Periodismo, aunque actualmente trabaja como asesora inmobiliaria. Isabel, dependienta en una tienda de moda, va más allá: «No entiendo cómo los jóvenes no salimos a la calle como en Francia. Si tal y como dicen el sueldo medio del País Vasco es de 1.800 euros, está claro que hay alguien que se está quedando con nuestra parte». «No nos engañemos -apostilla Ana, informática de Vitoria- si la gente busca habitaciones para alquilar es porque el dinero no les da para más».
Pese a todo, entienden que compartir piso es una «buena fórmula» para poder independizarse sin tener que «ahorcarte económicamente». Ruth, la inquilina más veterana, ha tenido «un montón» de compañeras y compañeros de piso en los cerca de dos años y medio que lleva viviendo en la casa. Eso sí, siempre han sido trabajadores, nunca estudiantes. «¿La clave para no tener problemas? Respetar los espacios de cada uno y organización».
Turnos de limpieza
De momento, aseguran que no han tenido problemas con el mando de la tele, ni con los turnos de limpieza, ni tan siquiera con el baño. «Hemos establecido un horario para no coincidir todas juntas en la ducha. Por lo demás, también nos turnamos para limpiar y tirar la basura», explican. Dice Isabel que las normas tampoco son muy estrictas. «Lo normal en una casa que conviven tres personas. Si alguna trae al novio o viene alguna amiga a comer, no pasa nada. Y cuando volvamos a tener una habitación libre, colgaremos otro anuncio en Internet».