La idea comenzó a gestarse cuando presenció una carrera del piloto Dani Pedrosa. «Notaba que sacaba pecho antes de llegar a las curvas para frenar y después se agachaba para cogerlas mejor». Un gesto que a Román Arroyo, que lleva media vida entre ruedas y motores, no le pasó inadvertido.
Vecino de Basauri de 45 años, a este ex profesor de autoescuela y mecánico de profesión le fascina la velocidad. A bordo de vehículos de dos y cuatro ruedas. Y de tres. Como las de la «bicicleta aerodinámica» que acaba de inventar, un original artilugio que supera los 70 kilómetros por hora. La contrapartida es que «hay que ir casi tumbado y la posición es un poco incómoda», reconoce Arroyo, inventor por afición que lleva catorce años ideando nuevos mecanismos sobre ruedas.
Para su última creación han bastado piezas de cuatro viejas 'mountain bikes', sus conocimientos de soldadura y seis meses de trabajo. El resultado es una bicicleta de acero en tonos anaranjados con dos ruedas delanteras y una trasera que obliga al ciclista a reclinarse «como si estuviera tumbado boca abajo en la cama». Un vehículo «exclusivo de competición» que «demuestra su eficacia a partir de los 50 kilómetros por hora».
De momento, su artífice no piensa en patentarla. «Cuesta mucho dinero. Alrededor de 5.000 euros en España y más de 180.000 a nivel mundial. Además, si esta bicicleta se utilizara para competiciones profesionales debería construirse en fibra de carbono en lugar de acero», explica este aficionado al motor, que ha encontrado en los inventos caseros su «mayor afición».
«Con casco»
Antes de meterse de lleno en una nueva creación, experimentará un poco con la bicicleta. «La voy a hacer evolucionar. Probaré a convertirla en un bici de sólo dos ruedas. Y, posteriormente, le incorporaré un motor para transformarla en una moto», adelanta.
El parque de Basozelai de Basauri le ha servido de terreno de pruebas, y hoy está prevista la presentación oficial del vehículo, un sencillo acto «sólo para los amigos» y algún «curioso». Tras la exhibición, Arroyo cederá el asiento al resto. «Los mayores seguro que no se atreven a montar, pero los niños no tienen vergüenza y se animan más», apunta. Completado el recorrido -«siempre con casco», advierte- celebrarán el nuevo invento «con champán». «Es una manera de juntarnos los amigos y divertirnos», explica. Pasado un tiempo, la bicicleta pasará a dormir el sueño de los justos, junto a otros inventos, en la casa que Arroyo tiene en Segovia. «A veces no los vuelvo a utilizar», reconoce.