La primera ministra israelí Golda Meir era tajante al decir «no existe tal cosa como el pueblo palestino». Eran los tiempos del laborismo imbatible y en el discurso político israelí no se utilizaba más que el término 'árabes' para designar a los expulsados, a los habitantes de la ribera oeste del Jordán y a los de la franja de Gaza. A nadie se le escapa la importancia de las palabras, su valor enunciativo y su potencial simbólico. En la política israelí de la década de los setenta no había ningún sujeto identificable como 'sujeto de derecho' que no fuesen los ciudadanos israelíes; se empleaba el término 'árabes' para nombrar a los palestinos sin Estado y con un proyecto nacional en fase embrionaria, un término netamente generalista, apropiado para privar de identidad política a quienes era atribuido.
Ningún político israelí que aspirase al poder podría, hoy día, airear palabras como las de Golda Meir. Los palestinos tienen carta de legitimidad en la arena política de la región aunque su futuro como nación-Estado diste de estar garantizado. Ha tenido que llegar el siglo XXI para que el presidente de EE UU, George W. Bush, haya reconocido el derecho del pueblo palestino a tener un Estado -curiosa paradoja si aventuramos que G.W. Bush pasará a la historia como el hombre que consiguió concitar la animosidad de árabes y musulmanes hacia los gobiernos occidentales- y ello no es baladí sino crucial dado el impagable apoyo político, militar y financiero que Estados Unidos presta a Israel así como su papel mediador en el poliédrico conflicto árabe-israelí.
El salto de la inexistencia política de los palestinos a su reconocimiento mundial ha sido un salto mortal con piruetas extremadamente arriesgadas en la fase final del ejercicio y secuelas difíciles de curar, pues el número de víctimas mortales palestinas, e incluso israelíes, ha aumentado progresivamente en los años noventa. El derecho de los palestinos a una paz justa y duradera, libres de la ocupación israelí y asentados en los territorios que Israel ocupa ilegalmente desde la Guerra de 1967, es saludado hoy día por la inmensa mayoría de los actores de la escena internacional. No en vano se ha estatuido el Cuarteto-EE UU, Rusia, Unión Europea y Naciones Unidas- con la misión de acompañar y garantizar el proceso de negociación palestino-israelí que, 'grosso modo', aspira a lograr unas fronteras seguras para Israel y un Estado para los palestinos en las tierras 'colonizadas' por Israel.
¿En qué fase se halla hoy día la nación palestina? Bajo control israelí, con la humillante presencia de las colonias judías en el territorio de Cisjordania; con una imagen empañada por la sombra del terrorismo practicado por distintos grupos palestinos en las ciudades israelíes en años recientes -terrorismo que a muchos occidentales ha emborronado la realidad vejatoria y dañina de la ocupación- y expectante tras la formación del nuevo Gobierno que tendrá que administrar la precaria situación de un territorio ocupado y emplearse, asimismo, en poner fin a esa situación.
En el capitulo recién iniciado el papel protagonista corresponde al Movimiento de Resistencia Islámico Palestino, Hamás ('jaraka al-muqauama al-islamiya al-falestiniya), el retoño palestino de los Hermanos Musulmanes, surgido en Gaza a finales de los años ochenta, al calor de la Primera Intifada ('sacudida') auténtico proveedor de servicios sociales básicos a los ciudadanos palestinos, especialmente en la franja de Gaza; autor de sangrientos atentados en las urbes israelíes durante la Segunda Intifada (2000- 2006) y vencedor indiscutible de las últimas elecciones legislativas en los Territorios'-sustantivo con el que se nombra en Israel a Cisjordania y Gaza-. Así, por primera vez los palestinos van a ser gobernados por el movimiento islamista Hamás tras la inesperada y estrepitosa derrota de Al Fatah, principal facción del movimiento nacional palestino y protagonista incontestada de su historia hasta este año.
Relevantes hechos de la historia reciente de los países árabes e islámicos -instauración de la República Islámica en Irán en 1979; victoria holgada de Frente Islámico de Salvación en las elecciones municipales de Argelia en 1990; ascenso notable de los Hermanos Musulmanes en las últimas elecciones legislativas egipcias- y el fin de la guerra fría -el periodo histórico caracterizado por la división ideológica del mundo- podrían explicar por sí mismos la aplastante victoria del Movimiento Islámico en Cisjordania y Gaza (ciertamente, factores internos concurrentes como la corrupción de Al Fatah en el Gobierno de la Autoridad Nacional Palestina y el fracaso de los Acuerdos de Oslo merecerían otro artículo). Lo extraordinario de la victoria de Hamás es que ha logrado la confianza de más de la mitad de los votantes palestinos siendo la primera vez que concurría a unas elecciones legislativas. Pocos meses antes de las tantas veces postergadas elecciones se desconocía si Hamás iba a participar o no en las mismas, aunque lo hubiese hecho en las municipales de agosto de 2005.
¿Hay que condenar a Hamás a perpetuarse como organización terrorista impidiéndole el digno ejercicio de gobierno para el que ha tenido voluntad de postularse y para el que los electores palestinos le han entregado su confianza? La comunidad internacional, es decir, los gobiernos de los países desarrollados, ricos en recursos e influencia, ha de hacerse esta pregunta en un momento en el que el mundo ha entrado, efectivamente, en una fase en la que las amenazas a la seguridad de los países y de sus ciudadanos no se agazapan tras las fronteras, sino que dormitan en su interior, esperando la ocasión para golpear. En este contexto, contribuir a la desactivación y solución de conflictos reales como el palestino-israelí es tanto un deber como una necesidad.
Entre los requerimientos hechos por Israel a Hamás para considerarlo interlocutor válido figura el que el movimiento islámico reconozca el derecho de Israel a existir, un derecho, por otro lado, efectivamente ejercitado por Israel.
Si bien no se puede negar lo delicado de la posición geopolítica de Israel -rodeado de países árabes contra los que ha librado varias guerras en medio siglo- es innegable el desequilibrio existente entre los litigantes, léase entre el Estado de Israel y el pueblo palestino. Y aunque la fuerza se incline al lado israelí, ello no anula los derechos de los palestinos.
Los discursos políticos palestinos, sean nacionalistas laicos o islamistas nacionalistas, coinciden en que su principal problema es la ocupación, hecho que condiciona su vida cotidiana y coarta su futuro, una ocupación que se remonta a los años en los que Israel no reconocía a los palestinos.
Ismail Haniya, líder de Hamás en Gaza y nuevo jefe de Gobierno -formado por 19 ministros de Hamás y 5 independientes- , va a tener que gobernar sin el concurso de Al Fatah, aunque tendrá que 'cohabitar' con Mahmud Abbas, 'Abu Mazen', en tanto presidente electo de la Autoridad Nacional Palestina. Al Fatah, el principal grupo de la OLP, Organización para la Liberación de Palestina, ha rechazado la propuesta de Hamás para formar un gobierno de unidad nacional y ha decidido pasar a la oposición, una experiencia desconocida para los 'tunecinos', denominación comúnmente utilizada entre los palestinos para nombrar a muchos políticos de Al Fatah que llegaron a los territorios palestinos al calor de los Acuerdos de Oslo en 1994, entre ellos el mismo 'rais' Yaser Arafat.
Es comprensible el rechazo de Israel hacia Hamás, una organización que tiene en su haber el innoble palmarés de haberle inflingido el mayor número de bajas civiles en la historia del país en un brevísimo periodo de tiempo y, sin embargo, la posición actual de Hamás, sin haber renunciado a su objetivo originario de destruir Israel, muestra una voluntad inequívoca de responsabilizarse de los asuntos internos de la sociedad palestina. De ahí que, en buena medida, la oportunidad que tenga Hamás para ocuparse de esa misión con dignidad, y el efecto que pueda surtir en la sociedad palestina son, en sí mismas, cruciales para la evolución del movimiento islámico hacia una posición que le permita reconocer el derecho de Israel a existir. Sería deseable y necesario que ello se produjera en un plazo más breve que el que necesitó Israel para reconocer a los palestinos. Por el bien de los dos pueblos.