Esto no es una necrológica, ya que él estaba convencido de que hay vida después de la vida. Había nacido en Salamanca, el mismo año que yo nací en Málaga. Siempre hay cosas distintas. Era una persona fuerte, dulce, de barba cerrada, corazón abierto y modales delicados.
-Padre Juan, ¿tú crees que cuando nos muramos nos vamos a afeitar en el otro mundo?
-¿Qué duda cabe, Manolo?, -me decía, mientras me apretaba una mano con las dos suyas.
Yo le decía, también con las mejores formas, que no sólo cabían algunas dudas, sino todas. Nos hicimos muy amigos. Recorrimos muchos caminos. Recuerdo especialmente cuando hicimos, con aquellas 'Alforjas para la Poesía' que inventó Conrado Blanco, para las que hacían falta viajes, la ruta de San Juan de la Cruz. Gerardo Diego, Pemán, Pepe García Nieto, Federico Muelas.... una antología, tan discutible como todas, de muertos que dejaron de discutir sobre sus preferencias poéticas. José Antonio Medrano y yo seguimos viendo al padre Juan Bosco, carmelita. Había dedicado su afanosa existencia a la 'padraza' Teresa y al 'madrecito' Juan de la Cruz. Creo que sus mayores alegrías terrestres fueron cuando a Santa Teresa le concedieron el título de doctora de la Iglesia, con cierto retraso, en 1970, y a San Juan, el de patrono de los poetas españoles, algo después.
Me llamaba por teléfono, hasta hace muy poco. Ahora me entero de su muerte en el convento de los Carmelitas Descalzos de Ávila. Me gustaría saber cómo fue. Me regaló un crucifijo, hecho con dos maderitas. Sencillo, como el del poema de León Felipe. El caso es que se me ha ido el santo al cielo. Distraído que es uno.