Una de las muchas razones que tengo en mi vida para dar gracias a Dios es haber tenido la suerte de caer en la Parroquia San José de Romo. Mi primer contacto con ella fue para bautizar a mi segundo hijo hace 27 años. Por entonces se podría decir que yo era cristiana de bautismo, o sea, de nombre y que utilizaba los servicios que me ofrecía la iglesia y poco más. Con el tiempo mi acercamiento a la parroquia fue mayor, ya que si quería que mis hijos hicieran la primera comunión, parecía lógico implicarme en ese proceso. Entretanto me invitaron a formar parte de un grupo de la parroquia llamado Escuela de Padres y, curiosamente, ahí empezó mi andadura para renovar mi fe. Es aquí donde, con su estilo pastoral y su modo de celebrar los sacramentos, estoy aprendiendo a ser y vivir como cristiana.
Agradezco a los sacerdotes Alberto Ezkurdia, párroco anterior, y al actual Juanjo Elezcano, el haber sido valientes para afrontar las dificultades que conlleva a veces querer ser fiel al Evangelio y con ello darme un testimonio de fe tan escaso y necesario para los cristianos de hoy día. Donde ya me pierdo completamente es ¿qué parte de todo esto no le gusta al señor obispo ni a su vicario Ángel Mª Unzueta? ¿Y por qué? Creo que en lugar de amonestar, tendrían que felicitar a toda persona que quiera celebrar con un mínimo de dignidad los sacramentos. Pienso también que se debería tener respeto y consideración hacia las decisiones que toma el Consejo de Pastoral que está representando a una comunidad, que en su mayoría quiere y apoya tanto a su párroco como a la línea pastoral. Espero y deseo que Dios nos ilumine a todos para tomar las decisiones adecuadas.