Raúl Cano, que encabezó ayer la terna en Vista Alegre, ronda la treintena, pero no está cuajado. Lógico si atendemos a la discontinuidad de su carrera. Por ello no terminó de acoplarse con el novillo que rompió plaza, un torito que desde salida se acostó para los adentros y rebrincó las embestidas. Antes de iniciar el trasteo, el novillero fabril brindó al cielo en recuerdo de su compañero David Calleja. La faena, irregular y desasosegada, estuvo marcada por el atosigamiento; el torero no encontró la distancia exigida por un utrero de desahormadas arrancadas, siempre buscando el estaquillador y los antebrazos. Más entonado en su segunda labor, Raúl cuajó al cuarto un excelso y templado saludo por verónicas. Pese a amagar con rajarse en banderillas, el novillo derrochó calidad y nobleza durante el último tercio. De no ser por el desatino con la espada Raúl hubiera paseado una oreja, pese a que no terminara de empastar su actuación. Y es que Cano entremezcló muletazos de gran trazo, empaque y profundidad con pases desajustados, bien porque no embarcó las embestidas, bien porque no siempre dejó la muleta puesta. Todo ello impidió la ligazón.
Para oficio el de Gabriel Picazo. Con matices pero muy 'puesto'. Tanto que casi metió en el canasto al primer novillo de su lote: reservón y defendiéndose en banderillas, de medios viajes y aquerenciado durante el tercio de muleta. Sin embargo Picazo se diluyó en su segunda actuación frente a un novillo alto de cruz y cuesta arriba, de encastadas y profundas embestidas. A medida que el astado perdió motor, Picazo evidenció serias dificultades para tirar de las embestidas, para mandar. Aun así, Gabriel tiró de fuegos de artificio para mantener el diapasón de un aparente trasteo mal rematado con los aceros.
Completó la terna otro madrileño, Alberto Aguilar. Novillero de raza que compuso una primera faena conservadora. Al novillo le costó romper un mundo, tanto que finalmente no lo hizo. Aunque permitió que Aguilar se hartara de pegar muletazos de uno en uno, sin atosigar, sin atacar. Meritorio técnicamente pero anodino. Vista como iba la tarde, Alberto Aguilar salió a por todas frente al novillo, es un decir, que cerró plaza. Es un decir porque el sexto fue un toro. Todo cuanto le hizo el torero capitalino tuvo valor: el saludo por verónicas, el galleo por chicuelitas, el quite por navarras y el tercio de banderillas. David contra Goliat. La faena fue un emocionante cuerpo a cuerpo del que el menudo novillero salió victorioso por los pelos. A punto estuvo de escuchar los tres avisos. Pero antes de pasar su particular calvario con la espada, Aguilar sometió a un encastado ejemplar con fondo de genio. Tras una voltereta dramática, volvió a la cara del 'utrero' para refrendar quien mandó en el ruedo bilbaíno. Un pequeño torero con mucho valor y oficio.