Al primero de los dos victorinos que ayer mató en Olivenza lo toreó El Juli con primor y ciencia. Muy cumplidamente. Un toro cinqueño pasado, con el guarismo del cero en el brazuelo, a punto, por tanto, de pasarse de edad. Hondo el toro, que tuvo plaza. Salió, además, enterándose. El Juli lo lidió exquisitamenteco con el capote. El toro era de rara querencia y, en el segundo par de banderillas, hizo hilo con Emilio Fernández hijo. Éste saltó la barrera y al caer en el callejón se lesionó, quizá de gravedad .
El Juli brindó al público. Descolgado de hombros, con aire de torero superior, dio desde el primer momento la sensación de tener el toro en la cabeza. Al cuarto muletazo por delante ya estaba el toro en los medios. Ni un enganchón iba a haber. En la segunda tanda, ya de calibre mayor y con la derecha, el toro pegó dos arreones protestando un poco. No se descompuso El Juli. Se cambió de mano y provocó al toro por la izquierda. Ahí le salió al toro de Victorino lo que aún no se había visto: una punta áspera de genio incierto. Entonces se hizo preciosa la batalla. Esa primera tanda de tú a tú resultó emotiva y se calentó la gente más que en ningún otro momento de la corrida. El Juli cumplió dos tandas más, una por cada mano, abundantes, ligadas, vaciadas con el de pecho, que siempre tuvo música heroica porque el toro salió buscando de todos los muletazos por arriba. Tan precisa faena no tuvo remate con la espada.
El toro más difícil de la corrida con diferencia fue el segundo del lote de El Juli. El de más cuajo, el más ofensivo. Pero fue el único de los seis que escarbó y el único que se acostó en el caballo al cobrar. No paró de enredar, no tuvo mala salida de varas, pero empezó a distraerse, a cortar y a esperar en banderillas, pasaron cinco veces para no dejar al cabo más que tres palos sueltos, y ahí se orientó para siempre el toro, que tomó ya los engaños asomándose por encima de ellos.
Después de seis muletazos de castigo muy poderosos en la apertura, el toro se puso a gazapear, a mirar al torero, a revolverse antes de rematar el embroque y, en fin, a quedarse en las zapatillas y tirar zarpazos. Un regalo. El Juli lo remató con un desplante clásico y liquidó de hábil estocada atravesada.
Premio exagerado
La figura de la cosa era El Juli. Y Victorino, porque lo es siempre. Y El Cid, que nunca había toreado en Olivenza y se llevó, para celebrar el debut, un dulce tercero de corrida, el de mejor son que Victorino ha lidiado este año. Encogido y desconfiado de partida, El Cid le encontró al toro un poco el punto, no del todo y algo tarde, y, aunque despegado, lo pasó con limpieza por la izquierda en faena de muy desigual resolución. Poco metido en la muleta, el toro se distrajo de repente varias veces. Remate de todo fue estocada defectuosa y rueda casi compulsiva de peones. Los mulilleros se demoraron lo indecible y cayó hasta una segunda oreja de premio, muy exagerado, para todo eso, que supo a poco porque poco fue. Con el sexto, andarín pero pronto y codicioso, El Cid no acertó a amarrase y acabó por intentar quitárselo de encima con la mano.
Rivera anduvo fino con el capote a pies juntos en sus dos turnos. El primero de corrida, frenado por sistema, no le dejó pasar del uno a uno en trasteo no del todo seguro pero sí de oficio. El cuarto fue el de menos fondo y gas de los seis y Rivera tiró por la calle de en medio.