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Lunes, 3 de abril de 2006
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DEPORTES
ATHLETIC
Cinco años después
El Athletic sale a por el cero a cero y logra en Vitoria un resultado que no conseguía fuera de casa desde el 4 de marzo de 2001, cuando empató sin goles en el estadio Insular de Las Palmas
Cinco años después
AL BANQUILLO. Yeste pasa por delante de Clemente, que mira para otro lado, antes del inicio del partido.
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Tan viejo como el fútbol, el objetivo del cero a cero fuera de casa suele ser consustancial a los equipos de corto recorrido y sin altura de miras, siempre convencidos de que su mediocridad les impide aspirar a empresas de mayor rango. El problema del cerocerismo es que, en sí mismo, es un logro muy complicado y de alto riesgo. Y es que los renglones del fútbol acostumbran a escribirse torcidos y, sin quererlo, el juego se complica o se llena de accidentes y éstos, por regla general, acaban perjudicando al equipo que soñaba con el partido sin goles, con el aquí paz y después gloria, con el puntito del empate. De ahí que, entre los aficionados, ir a por el 0-0 acostumbre a ser un certificado de derrota, como si en el fútbol existiera una suerte de justicia poética que castigara a los medrosos y a los conformistas.

En ocasiones, sin embargo, el 0-0 acaba materializándose, es cierto, y lo comprobamos ayer en Mendizorroza en uno de esos partidos que hacen afición (a otros deportes, se entiende), pero de la dificultad de que se consume da fe un dato ilustrativo: el Athletic llevaba cinco años sin obtener ese resultado fuera de casa. Lo consiguió por última vez el 4 de marzo de 2001 en Las Palmas. Era la jornada 25 y el equipo de Txetxu Rojo comenzaba a desmoronarse tras una aceptable primera vuelta. El encuentro, disputado bajo un calor sofocante y en un auténtico secarral, fue un suplicio de principio a fin. Lafuente y Yeste, los dos únicos rojiblancos que fueron titulares en El Insular y jugaron ayer, tienen que recordarlo.

En aquel caso, además, se dio la circunstancia de que el 0-0 fue fortuito, provocado simplemente por la impericia de los dos equipos. Ayer, en cambio, pocos de los presentes en Mendizorroza pudieron sustraerse a la sospecha de que el empate sin goles era bienvenido en los dos banquillos. Sería exagerado hablar de un pacto tácito entre vizcaínos y alaveses, aunque más de uno hubiera denunciado un amaño entre vascos si el choque hubiese correspondido a la jornada 38. En realidad, lo que hubo en Mendizorroza en uno de los derbis más plomizos y aletargantes que uno recuerda fue una coincidencia entre el Athletic y el Alavés en la búsqueda del mal menor, que no era otro que el empate.

Decepcionante

No habla bien de los dos equipos esta coincidencia, pero así están las cosas. Respecto al Athletic, más allá de la bondad del empate, que prolonga la buena racha de resultados del equipo -11 puntos de los últimos 15-, lo cierto es que el partido dejó un poso de decepción. Y es que la buena imagen que los de Clemente ofrecieron ante Osasuna comportándose, por primera vez, como el bloque firme y con enjundia que eran la pasada campaña, volvió a emborronarse con una actuación deprimente y con una nueva ración de decisiones tácticas incomprensibles por parte del técnico de Barakaldo.

Ayer la genialidad de Clemente -él mismo la calificó así en la sala de prensa- fue dejar en el banquillo a Fran Yeste, un futbolista decisivo en el Athletic aunque jugase con una pierna ortopédica y se dedicara sólo a sacar las faltas y los córners. Los peor pensados aventuraban en la tribuna que Clemente se estaba cobrando la factura por la 'rajada' del basauritarra antes del partido ante Osasuna. A saber. El caso es que Yeste sólo entró al campo cuando lo abandonó Aduriz y ocurrió lo que tenía que ocurrir: que el arsenal ofensivo de los rojiblancos se redujo a la mínima expresión.

Un tiro desde fuera del área de Orbaiz en el minuto 56 y un remate alto de Gurpegui a botepronto a un metro del área pequeña fueron las dos únicas ocasiones del Athletic en 90 minutos tediosos como una carta de ajuste. El Alavés las tuvo más claras en las botas de Bodipo y Aloisi. Pero tampoco podía esperarse más de un Etxeberria que trajinó durante casi 50 minutos como único punta -y el de Elgoibar ya no está para esas heroicidades- y de Dañobeitia, que salió para la última media hora y volvió a demostrar su inmadurez. En este sentido, cada vez se hace más extraño el ostracismo de Llorente. Sin Urzaiz y sin Aduriz, ¿de verdad que es imposible hacerle un sitio en el once al ariete riojano? ¿Le pasa algo que no sepamos?



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