La parálisis institucional que sufre Irak -todavía sin un gobierno definitivo pese a los comicios celebrados casi hace cuatro meses- está poniendo a prueba la paciencia de Estados Unidos con un conflicto en el que lleva invertidos casi 165.000 millones de euros, la vida de más de 2.300 soldados y buena parte del capital político adquirido por el presidente Bush tras su reelección. Las negociaciones entre las diferentes facciones y partidos políticos iraquíes, complicadas sobremanera por continuos actos de violencias sectaria y profundos desacuerdos sobre quién debe ocupar el puesto clave de primer ministro, no encajan con el declarado empeño de la Casa Blanca por lograr una significativa reducción de sus tropas a lo largo de este año.
En ese contexto se sitúan los esfuerzos de persuasión realizados por EE UU durante las últimas semanas, desde interpelaciones telefónicas realizadas por el presidente Bush a los principales líderes iraquíes hasta la visita sorpresa de ayer de Rice y Straw.
La Administración Bush no ha ocultado sus esperanzas de que Al-Yafari no asuma otra vez el puesto de primer ministro al ser percibido como una figura débil, poco efectiva, con limitado respaldo y que genera muy poco consenso dentro del mosaico étnico iraquí.
Entre las insistencias de EE UU también figura que la mayoría chií ofrezca a la minoría suní una parcela significativa de poder dentro del nuevo Ejecutivo. Tanto Rice como Straw insistieron en que su compartido apremio se centra en la urgente formación de Gobierno y no en dictar a los iraquíes exactamente quiénes deben ser sus líderes políticos.