Ignoramos qué nos pasa, pero vemos por doquier Arctic Monkeys, o sea, Monos Árticos. Es la fiebre del mono, más endémica que la aviar, aunque benéfica. El 'cedé' de los Arctic Monkeys no se despega de nuestro aparato reproductor, discutimos con los amigos sobre si son mejores que Strokes y Libertines juntos, contamos a las amigas lo mucho que molan y leemos el 'Financial Times' porque los estudian por haber lanzado el disco más vendido del Reino Unido en una semana.
Nos ha dado tan fuerte que acudimos a ver a los valencianos Doctor Divago al Billypool de Deusto («¿no vas a Camela?», inquiere el organizador dudando de nuestra libertad y criterio) y nos creemos ante los cuatro de Sheffield. Y es que los Divago llegaron con una baja (el armonicista acababa de ser padre), lucieron pintas nuevaoleras (vale, sí, son mayores que los Monos), propugnaron la valía rockera de guitarras y voces melódicas (en el caso de los ingleses, respectivamente más espídicas y roncas), contaron historias (en castellano, pero dominan la lengua franca, como certificaron la versión de Small Faces y la improvisación de Kinks), tributaron a sus influencias ('Mi calle', de Lone Star) y rebosaron electricidad y entusiasmo. Quizá nos ha dado demasiado fuerte, pero apenas había peña en el bolo y pocos podrán refutarnos.