Hace poco tiempo, en el seno del homenaje que se le tributó a una víctima de ETA, el senador socialista Enrique Casas, se pudo escuchar una queja o denuncia por la actitud de la Iglesia vasca hacia las víctimas. Siempre he creído que si las víctimas del terrorismo lo decían es porque así lo sentían y, como me consta, lo sienten. Durante tiempo he pensado que había que callar, para pagar, con más razón o con menos, el mal de omisión cometido. En esto de sufrir con el que sufre, más vale equivocarse por exceso que por defecto. Y así por el tiempo que haga falta.
Pero alguna vez tiene que comenzar a oírse alguna voz que reclame más cuidado en la denuncia de la insensibilidad y equidistancia de la Iglesia vasca ante el terrorismo y las víctimas. Yo la conozco desde dentro, y sé muy bien cuánta gente y dónde ha dicho y hecho muchas cosas moralmente dignísimas. Yo mismo doy fe de haber sido reclamado para la toma de posiciones más firmes contra el terror por personas o grupos que me ofrecían textos de solidaridad claramente inaceptables por 'políticos y partidistas'. Otras veces, lo han hecho personas que me exigían solidaridad contra la tortura, en actos también con inaceptable contenido 'político y partidista'. La salida, claro está, no es el silencio de los puristas, sino una toma de posición honesta y comprometida con lo medular del Evangelio: compasión, justicia, perdón y reconciliación. Cuál sea el significado político de estas actitudes religiosas y morales es una cuestión siempre difícil y por discernir, pero son vitales en la acción pastoral de la Iglesia, sin duda.
Esto cuesta entenderlo fuera de la Iglesia, y también dentro, porque nos falta hábito para diferenciar, sin separar, lo debido éticamente en la vida política de una sociedad, por causa de la justicia, del amor gratuitamente donado a los demás, por los creyentes, por causa de su experiencia de fe en el Dios de la Compasión. Esta diferencia, que no separación, es algo que sólo puede comprenderse del todo cuando se tiene experiencia personal de fe en Dios y de su perdón; en esto no se puede hablar de oídas; por eso no tiene traducción ética inmediata a la política, y quizá tampoco traducción moral propiamente hablando. Pertenece al ámbito de la espiritualidad evangélica, la que sostiene la vida cristiana y es acogida por cada conciencia personal con libertad. Traducida a perdón, es un perdón que nadie puede exigir a nadie. Es el acto más personal de nuestro ser y sólo cada conciencia sabe cuándo es el tiempo propicio para ella. Insisto, sin separar ética política y vida religiosa, pero diferenciando dimensiones en la experiencia humana.
Todo esto me hace recelar de las afirmaciones generales sobre la Iglesia vasca, sobre el PSOE, sobre los vascos o sobre los españoles. Yo necesito cuidar más cada afirmación y, si es acusatoria, más todavía. Los miembros del PSOE saben bien lo que duele que les identifiquen con los GAL, porque es injusto hacerlo. Los miembros del PP saben lo que les duele ser identificados con el franquismo puro y duro, porque también es injusto. Los nacionalistas democráticos montan en cólera con quienes les identifican con ETA, y con razón. Y así sucesivamente. Claro que entonces es más difícil hablar, pero es que, quizá, hablamos demasiado pronto de demasiadas cosas.
No es tiempo de enzarzarnos en una historia detallada, todavía. Ahora es tiempo de dar con la paz. Le deseo a Zapatero lo mejor. Y si gobernara el PP, diría lo mismo. Cuando llegue el día de la historia detallada de esta barbarie que ha sido, todavía lo es, ETA, estoy convencido de que la Iglesia vasca va a recibir un juicio muy crítico, pero también menos duro del que suponen sus actuales detractores. Estoy convencido de que la historia dirá que tuvo que soportar fortísimas presiones para aportar lo mejor de su tradición, la justicia, el consuelo y el perdón, sin callar sobre algunos significados públicos de la fe muy incómodos para la democracia cuando el terror campa por sus fueros.
A mi juicio, la mayor crítica ha de proceder de no haber sabido denunciar y atajar, dentro de sí misma, las tentaciones nacionalistas de sus miembros y, en su estela, no haber visto, a tiempo, que ETA representaba un mesianismo político que a la religión sólo puede repugnar. En fin, nos ha faltado compartir bien al fondo que 'sólo Dios es Dios', sólo Él es Divino, y que los pueblos no lo son. Nos ha faltado entender, a tiempo, que el nuestro era identitaria y legítimamente plural. Y nosotros, la Iglesia, también. Nos ha faltado entender esto, a los de dentro, primero, y a los de fuera de la Iglesia, después. Hemos tardado demasiado en verlo. Confío en que todos hayamos corregido.
Reconocido lo anterior, mantengo que bastantes se han acercado a la Iglesia vasca para hacer de la religión instrumento de la política y esto es un error, ayer, hoy y mañana. ¿Ni las víctimas pueden querer ese cristianismo 'político'! Por la justicia, el consuelo y, tan pronto como sea posible, el perdón y la reconciliación, éste es nuestro lugar. Pero aclarar todo esto, tendrá su momento. Primero, la paz. Confío en la política y su dignidad para hacerlo con justicia e inteligencia. Confieso que tengo muchas esperanzas.