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Martes, 4 de abril de 2006
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CULTURA
EDUARDO MENDOZA, ESCRITOR
«Los años enseñan a ser menos exigente con la realidad»
«Toda una generación de mujeres ha renunciado a su bienestar por demostrar su valía», dice el autor de 'Mauricio o las elecciones primarias'
«Los años enseñan a ser menos  exigente con la realidad»
TIEMPOS DE PELOTAZOS. El escritor regresa a la Barcelona de los años 80 en su nueva novela. / E. C.
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LA OBRA
Título: 'Mauricio o las eleccionesprimarias'.

Editorial: Seix Barral (Barcelona, 2006).

Páginas: 366.

Precio: 19 euros.

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Fueron años de apariencias y pelotazos, malos para las ilusiones, cubiertos por un aire gris y cargados con dilemas personales, como el que se respira en la última novela de Eduardo Mendoza, 'Mauricio o las elecciones primarias' (Seix Barral). En esta obra -«de las serias», apunta-, el autor se mueve otra vez por Barcelona, esta vez en la década de los ochenta, y pone en marcha al propio Mauricio, a Clotilde, a mosén Serapio, al abogado Macabrós y la Porritos: «Tengo una manía especial con los nombres. Pero se trata de una cuestión práctica. Cuando leo un libro y lo dejo tres o cuatro días, luego me cuesta adivinar quién es quién. Los nombres muy sonoros ayudan al lector. Y a veces lo redondeo poniendo 'el abogado no se qué' o 'el profesor no se cuántos', para que sea más fácil volver al libro y reconocer a los personajes. Esos nombres contribuyen a que los personajes tengan más entidad».

-¿Por qué los ochenta?

-Me parecen unos años muy importantes y muy grises al mismo tiempo. Barcelona cae en picado. En el franquismo, aquí cada uno vivía con mucha independencia. Al gobernador civil y a la autoridad militar se le contentaba con algún chanchullito y los demás hacían la vida a su aire. Por otra parte, la ciudad ya no es aquella de finales de los setenta, cuando resurgieron los libertarios, la contracultura, el feminismo, los movimientos gays... y los escritores latinoamericanos se van. Por primera vez en mucho tiempo el Gobierno central tiene un gran relieve, a pesar de que se ponen en marcha las autonomías, y con la entrada en Europa muchas empresas familires se ven abocadas a la desaparición.Y toda esta situación dura hasta que se descrubre la Barcelona de servicios, turística e inmobiliaria, donde los extranjeros blanquean su dinero comprando apartamentos.

-¿Y la política?

-Entonces se producen todos los desencantos. Un concepto de la política muy idealista acaba en realidad en Convergencia i Unió. Nada de ilusiones, y más gestión, con sus pequeños trapicheos, en medio de un problema terrible de desempleo. Es una época muy difícil de contar porque apenas hay anécdotas. No pasaba casi nada. Sólo había dos cadenas de televisión, y no existía ni el móvil ni Internet ¿Quién se acuerda de cuando Raimon Obiols se presentó a la Generalitat? ¿A qué lector le interesa que le cuenten ahora lo de Banca Catalana?

-Mauricio, el protagonista, es la encarnación de esos años de la desilusión.

-Él piensa que va a vivir en un mundo fantástico, con una gran libertad sexual y personal, con todas las decisiones en sus manos. Luego se da cuenta de que hay que ir rebajando pretensiones. Los años enseñan a ser menos exigente con la realidad. La vida no es jauja. Nosotros pensamos que un político era una persona abnegada, un gran luchador por sus ideales. Luego te das cuenta de que es una persona muy poco dispuesta al heroísmo.

-En esta novela, ¿no son más heroicos los personajes femeninos que los masculinos?

-Yo creo que sí. A mí me interesa mucho el personaje de Clotilde. Ahoras vas al médico, al urólogo, y te recibe una mujer. En el banco pasa lo mismo. Toda una generación de mujeres ha renunciado a su bienestar por demostrar su valía, y han tenido que poner en este empeño una energía brutal. Como los hombres llevamos muchos siglos en el mundo laboral, hemos aprendido a buscar nuestras distracciones, nuestras cervezas a la tarde, nuestros amigos. Pero ellas, no. Se acuestan con sus preocupaciones porque se ocupan de todo, y luego, en el trabajo, a veces tienen que oír comentarios faltones. Esas mujeres, que todos conocemos, empezaron a establecerse en los ochenta y muchas han acabado en trabajos que son un coñazo. Porque me dirás tú dónde está la gracia de ser la directora de una sucursal.

-¿Cuándo vuelve usted de Nueva York para instalarse en Barcelona?

-En 1983.

-Y se encuentra eso.

-Me encuentro con una ciudad deprimida y baratísima. Me compré un piso fantástico con los cuatro ahorrillos de Nueva York. La gente estaba muy preocupada. Se dan los primeros casos de sida, que pillan por sorpresa a mucha gente y que hacen una escabechina tremenda, sobre todo a la gente del teatro, entre la que me empiezo a mover. Yo me había ido cuando estaban en boga los troskistas y los maoístas. Todo eso ha desaparecido y antes de celebrarse la elecciones ya se sabe quién va a ganar.

Tiempos del pelotazo

-Uno de los personajes de este libro, la Porritos, se contagia de sida. ¿Es una víctima?

-Sí. Es una persona sin educación, no ha ido a una escuela, no sabe cómo sobrivivir, y se mete en todos los líos. Se involucra en la política y se convierte en una mascota para animar los mítines, y ella está convencida de que sirve a una causa. Es una desgraciada, que cuando contrae la enfermedad la quieren convertir en un personaje heroico.

-¿Por qué Mauricio, un dentista de buena familia, se lía con la Porritos?

-Es un hombre tímido y su novia, Clotilde, le da un poco de miedo. La Porritos es un sueño. Una historia que, aparentemente, no tiene consecuencias...

-En la portada de la novela se ve un cuadro de Gonzalo Goytisolo con un par de edificios en construcción. ¿Se cambiaron en esa época los ideales por el culto al ladrillo?

-Son los tiempos del pelotazo, del político que se forra de un día para otro, del empresario que de repente echa a todo el mundo a la calle y vende su compañía a un inversor extranjero, que la desmonta para hacer otra cosa. Eso también creó una especie de desilusión con la democracia.

-¿Como lo de Marbella?

-Bueno, ya estamos más acostumbrados, y hasta resignados. Nos da un poco lo mismo. Sabemos que esa gente acaba en la cárcel. Este tipo de corrupción es como un tipo de impuesto que pagamos, nos quejamos y poco más. Yo tengo la impresión de que no existe la impunidad de los tiempos de Roldán, de Mario Conde y de Javier de la Rosa, a quien conocía desde que éramos niños. A una persona que la has tenido muy cerca, de repente la ves subir y subir, y terminar en la cárcel.

-Otro dato de los ochenta que usted refleja en su libro: la adoración a la gastronomía.

-La gastronomía era de izquierdas, y el plato tradicional, de derechas. Eso lo manejaba muy bien Vázquez Montalbán.

-¿A usted no le ha tentado nunca la política, como a Mauricio?

-Soy amigo de Maragall desde hace muchos años. Cuando venía a examinarse a una universidad de Nueva York se quedaba en casa, y dormía en el suelo, como hacíamos tantas veces en aquellos años. Prefiero mantenerme al margen, hablar y escribir desde la independencia, porque cuando te expresas queda claro que es tu opinión y no la que te han dictado.

-La novela termina con el inicio de las Juegos Olímpicos.

-Todos pensábamos que iba a ser un agobio y que nos iban a dejar un montón de monumentos horribles que no sabíamos qué íbamos a hacer con ellos, estadios imposibles de llenar y piscinas con unos trampolines desde los que nadie se iba a tirar. Sencillamente, nos equivocamos.



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