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CICLISMO
Valverde supera por 9 milímetros a Freire en el sprint de Irún
El murciano se coloca como primer líder de la Vuelta al País Vasco
Valverde supera por 9 milímetros a Freire en el sprint de Irún
PRIMER LÍDER. Valverde celebra su apurada victoria al sprint sobre Freire. / BORJA AGUDO
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Lo que dura un disparo. Apenas 55 milésimas. Ni nueve milímetros. Eso separó a Valverde, el ganador, de Freire, el que creyó ganar. Una detonación. Y sonó en Irún, la ciudad del Alarde, de esa peculiar fiesta popular. Claro: escopetas al aire, desfile de las milicias, tiros y pólvora. Era día para los francotiradores, para ese tipo de corredores que comparten código: la puntería. Irún era una meta para dorsales codiciosos. Para Valverde y Freire. En las rampas de Jaizkibel, doce kilómetros antes, el murciano había presentado sus armas. Demasiado alarde de fuerzas, pensaron algunos. El cántabro, en cambio, más guarecido, rodaba agazapado, conservando intactos sus músculos retráctiles, de felino. Freire escondía la garra que ha arañado tres veces el arco iris (campeonato mundial). Pero a Irún sólo podía llegar un general. En el Alarde, se le viste con un fajín rojo con borlas de oro. En la Vuelta al País Vasco, con el maillot amarillo. Eso estaba en juego. Era un guerra. Dos bandos. Duelo al sol. Desenfundó primero Freire. Acertó Valverde. Los dos disparos sonaron al tiempo. El oído humano no distingue algo separado por sólo 53 milésimas. La foto-finish, sí.

La imagen congeló a dos ciclistas calcados: con las barbillas clavadas en el esternón, con los riñones dando la última pedalada, con las uñas sobre el asfalto. Siendo distintos, Valverde y Freire tienen mucho en común. El pesimismo, por ejemplo. Ganar no termina de inclinarles hacia el optimismo. «No creo que sea mi día. El puerto de Erlaitz es demasiado duro para mí», decía Freire en la salida. Sonrisa pícara. «Llevo sólo once días de competición. Aún no sé si estoy para disputar esta carrera», aseguraba Valverde. Risa de protocolo.

En el fondo los dos eran sinceros. En Erlaitz, tres tremendos kilómetros donde Mayo hizo añicos la edición de 2003, la carrera se aquietó. Mientras Unai Etxebarria y Fedrigo trataban de mantener una escapada tan generosa como ya estéril, el grupo se detuvo. Buscó el sol apretando los ojos y tomó aliento. Erlaitz es un buen lugar para mirar: el cielo en reposo azul, con el olor de la nueva estación. Así pasaron la cima: casi cuarenta corredores juntos. Todos los esperados. Quedaba Jaizkibel. Poco.

Al menos, la cuesta que solapa Lezo con Hondarribia desnudó a algunos dorsales de la carrera: Marchante, Aitor Osa, Rebellin, Contador, Serrano, Samuel Sánchez, Bertagnoli, Perdiguero y Horner enseñaron sus maillots. Se mostraron. Como Valverde. Ahí empezó su alarde cuando respondió al reto del eléctrico Aitor Osa. Con Valverde desfilaban Schleck, Bru, Garzelli, Vila, Egoi Martínez, Mayo -renovado, animado, recuperado-, Di luca, Azevedo, Zubeldia, Dekker y Marzano. Ésos eran los nombres del Alarde. Muchos: sólo faltaban Garate, Rubiera, David Etxebarria -molido por una caída al poco de iniciada la marcha- y Menchov. La primera lista de bajas de la Vuelta al País Vasco fue más clemente de lo esperado.

Samuel, en el descenso

Una vez en la cima -Osa, Bertagnoli y Marchante pasaron con unos metros sobre la tropa de Valverde-, sólo quedaba la ceremonia en Irún. Samuel Sánchez apretó el botón de la bajada. Es un instinto para él. «¿Por qué bajo tan rápido? No sé. Lo hago desde crío. Quizá porque con tres años ya andaba en moto». A Samuel le sobra clase, pero no suele caminar por el lado preferido de la suerte. Ayer tampoco. El descenso se le terminó pronto. La etapa ya no era suya. Cuando la jornada inicial llegó a las tijeras colocadas en la rotondas que anunciaban Irún, ya sólo tenía dos nombres: Valverde y Freire. Dos candidatos para los galones de general.

Alarde es un término árabe. Viene a decir: 'Revista de armas'. En el sprint, Perdiguero y Rebellin sacaron sus pistolas. Menudas.Precipitadas. Sin tino. Había un haz de piernas pugnando entre las cartucheras. Y en eso, la etapa lanzó a Freire, invisible hasta entonces. Freire es así: corre para ganar, no para atacar. Extrae todo el oro posible del mínimo espacio. Él y Valverde se radiografiaron. Freire, por delante. No se fiaba del que le miraba. Y desconfiaba de lo que veía. El sprint siempre delata la inquietud. Medir es la clave. Freire martilleó primero, tiró de percutor. Valverde salió desde debajo de ese eco. Remontó lo justo. Bueno, un poco más: nueve milímetros. 55 milésimas. Fue un alarde de precisión.



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