Un tanto prevenidos acudimos el martes al Euskalduna a la presentación oficial de la entidad Mutualia. El evento culminó con la actuación de Víctor Manuel y Ana Belén, que resultó torrencial por la sucesión de éxitos reconocibles encadenados a lo largo de tres popurrís de unos 25 minutos perfectamente ejecutados, más tres piezas sueltas al final. Fue un repertorio que transmitió emoción, agilidad y memoria al aforo lleno de damas de peluquería y caballeros trajeados.
Un concierto apabullante, ya decimos. No se le debe poner ninguna tacha a la conjunción armónica entre imágenes de las dos pantallas y sonido perfectamente reproducido por el septeto de acompañamiento (dos percusiones, dos teclas, bajo, guitarra y saxo), que no perdió comba en casi dos horas de trabajo.
Sobre semejante entramado modernista y nada cargante, Ana Belén y Víctor Manuel cumplieron su papel, ella de blanco escotado, de negro enlutado él, ella tímbrica, luminosa, exuberante (una vez entonó a lo Gal Costa), natural y viajera, él severo, teatral, marcial, compungido, apegado a su verde tierra asturiana, al lagar y la gaita feliz pero también a la dureza minera (ahora ahí cavan inmigrantes del Este, el paraíso comunista que siempre ha defendido el matrimonio oficiante) y a las batallitas de la Guerra Civil y de la Transición (por cierto, el único número tímidamente coreado fue 'España camisa blanca de mi esperanza'), y también en ocasiones agijoneado por el deseo carnal suponemos hacia esa mujer que tiene por esposa y a la que miraba con arrobo, sin quitarle ojo.
En efecto, no se puede poner ningún pero a su actuación. Sin pecar de nostalgia, recuperando canciones ejecutadas en breve y enlazadas ('Lía', 'La muralla', 'Mediterráneo', 'Agapimú', 'El abuelo'...), superando a Mocedades e igualando al mejor Serrat, Ana Belén (sex symbol pero no nuestro) y Víctor Manuel (siempre nos ha parecido cargante), dieron un espectáculo que les coloca en la cima de lo comercial.