Óscar Freire es una estrella fugaz. Su biografía es una ausencia repetida. Rotulada entre lesiones y victorias. Mediado 2005 dejó de pedalear por un lacerante quiste en el glúteo, en el beso con el sillín. En septiembre, por si acaso, por si aún podía ir al Mundial, cogió una mañana la bicicleta. Apenas pudo dar un paseo de una hora. Cruzó el invierno en barbecho. Varado. Hasta el 12 de enero no volvió a ser ciclista. Ya en febrero de este año, en la Challenge de Mallorca y sin casi acumular kilómetros, sólo pudo competir un día. Una rodilla le mordía. Freire es un ciclista ortopédico, de cristal, un destello. Fugaz. Pero una estrella. Pese a los meses recluido en una butaca, se presentó en la Tirreno-Adriático y se llevó una etapa. Días después sumó a su exquisito palmarés la Flecha Brabançona. Ayer, el cielo gris de Vitoria asistió a otra de sus apariciones. Una luz que recorrió de repente el horizonte de asfalto de la Avenida Gasteiz, en Vitoria. Y cuando Freire se convierte en esa estrella fugaz, pide un deseo: ganar. Concedido.
A la estela del tres veces campeón del mundo entró en la meta Samuel Sánchez, el líder total. Estelar. Rebozado en confianza. Con un universo de registros: el martes atacó en el descenso hacia Segura, el miércoles en el ascenso a Lerín y ayer, incluso, tuteó al cántabro en el sprint. Freire es un fogonazo; Samuel, Una luz permanente en esta Vuelta. Tanto que ha alcanzado en los pronósticos para el podio final a Alberto Contador. Todo apunta ya hacia esa contrarreloj. «Firmo llegar a ella como estoy», dijo con aplomo Contador. Tiene un argumento: hace un año él ganó esa etapa. «No voy a volver a repasarla. Llevo nueve años entrenándome por ese recorrido», recordó Samuel. Ha pasado cientos de horas por allí, por Zalla, sudando sueños de victoria. Mañana tendrá la oportunidad de completar su firmamento: descenso, ascenso, sprint y... contrarreloj. Total.
La cuarta etapa fue un remolino de dorsales. Más de 46 kilómetros en la primera hora. A ritmo de ráfaga. En Lerín, punto de salida, había miedo al frío de Álava. Cielo gris, sin bordes. Conglomerado de nubes. Los ciclistas, desfigurados por gafas y cascos, optaron por calentar el día. Al dictado del desorden, se enzarzaron en mil escaramuzas. El Euskaltel-Euskadi, fiel a su condición de líder, barajó sus dorsales: metió a Mayo en la fuga y tiró con Zubeldia y el resto del pelotón. Son las servidumbres del éxito. Halló un aliado en el Rabobank de Freire, el otro maillot naranja. Solidaridad cromática. Esa fusión pudo al final con todos los intentos del Saunier Duval, el Kaiku y el Lampre. Camino de Vitoria, además, alguien abrió una puerta. ¿Hay corriente! Viento. «Ha sido una etapa muy difícil, llegué a pensar que no cogíamos a los escapados», confesó Freire. Difícil hasta para el ganador.
«Buscarme la vida»
En esa factoría de velocidad en que derivó el día, todo recomenzó en las rotondas que saludan a la capital alavesa. Moreni y Wegelius llegaron solos a la antepenúltima, pero cayeron en las arenas movedizas de la siguiente. El Rabobank, con el joven Dekker y el rostro crispado de Boogerd, manufacturó el inicio del sprint. Pero fue apenas un boceto. Aún restaba todo un kilómetro. Un universo para cubrirlo en soledad. Una misión para alguien como Freire, socio numerario de la supervivencia. «Ya estoy acostumbrado a buscarme la vida». Así ha ganado tres mundiales, etapas en el Tour y la Vuelta, y la Milán-San Remo. Y así fue ayer.
De repente, sin aviso, el cántabro salió de la nada y resplandeció a rueda de Garzelli. Una estrella. Recontó en silencio a sus rivales. Notó a Valverde. Normal, era su sitio, su rival. Sintió a Samuel. Extraordinario, reconvertido por su papel de líder. El sprint se había iniciado ya en los ojos de Freire. Rayos X. Radiografía de ese universo. Y sobre ella, sobre esa lámina en negro, cruzó un destello fugaz. Un flash irresistible. Hay gente que persigue el futuro en unas cartas, que quiere adivinar el porvenir en la astrología. Freire no; no rebusca en los horóscopos. Cuando nota la luz de su estrella, sólo pide un deseo: salud. Con ella, el futuro está escrito. Y tiene nombre: victoria.