El Correo Digital
Sábado, 8 de abril de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
Sobre la verdad y la tradición
El declinar y la crisis del cristianismo en Europa es indudable. ¿Supone un crecimiento de la libertad y de la autonomía social o, por el contrario, una pérdida de su identidad cultural que puede dejar a nuestra civilización inerme en un mundo globalizado? ¿Qué pensar de la reacción de la Iglesia en esta situación? Están en juego los valores sobre los que se ha sustentado la convivencia en nuestra sociedad y voy a realizar dos apuntes, tratando de ir al meollo de lo que está en juego, aunque de paso haga alguna referencias rápida a cuestiones de actualidad.

Para el primer apunte podemos partir del grito entusiasta de Nietzsche «Dios ha muerto», que quería ser una constatación sociológica, y cuya consecuencia el mismo filósofo sacaba: «si no está claro, al menos ahora el horizonte está libre». No hemos asistido a un mero proceso de secularización, de repliegue público de la religión. Se han hundido también los grandes ideales de la Ilustración y, con ellos, la capacidad de comprometerse a fondo con las grandes causas. En la juventud de hoy descubrimos una honda desorientación y crisis de valores. No se pasa de las adhesiones parciales y de los compromisos puntuales y a plazos en todos los terrenos. La convivencia no se basa en principios compartidos, sino en arreglos pragmáticos (ejemplo: el reciente documento del PSE titulado 'Hacia la libertad y la convivencia').

Un mundo gobernado por filósofos, como quería el aristocrático Platón, sería una catástrofe por falta de realismo y saturación de dogmatismo. Pero ahora no está bien visto plantearse los grandes enigmas del sentido y se llama filosofía a cualquier bagatela, como la orientación de una empresa o la estrategia de un equipo de fútbol. Toda cautela es poca ante el imperialismo de la verdad, pero renunciar a su búsqueda en los diversos órdenes de la realidad (en los dilemas morales, en el sentido de la existencia, en la consideración de los valores) empobrece la vida humana y la deja desarbolada e inerme ante las ideologías fuertes, que lo tienen todo claro y avasallan y ocupan un lugar que no puede quedar mucho tiempo vacío en la convivencia humana. Al fundamentalismo islámico no se le combate con un fundamentalismo de signo contrario, pero tampoco con invocaciones hueras al diálogo de civilizaciones. Como tampoco se contrarrestan los nacionalismos enfervorizados que nos rodean con la mera invocación a una ciudadanía aséptica, que acoge -así dicen algunos- a 'todas las ideologías'. El consenso democrático de una sociedad libre se basa en principios, aunque sea provisional y no dogmático, pero no debe ahorrar, sino promover el debate social sobre lo que más se ajusta a la verdad de cada situación.

El segundo rasgo de nuestra situación cultural que quiero destacar es la crisis del concepto de tradición. Hasta no hace tanto se valoraba una doctrina o una institución por su antigüedad y por las autoridades en que se apoyaba. En su confrontación con el mundo pagano, que le acusaba de ser una doctrina advenediza, el cristianismo primitivo se legitimaba recurriendo a Moisés que era más antiguo que Platón y Aristóteles. Ahora lo que se valora es lo nuevo: la moda de temporada, el escritor de actualidad, la teoría última. Es el paso de un mundo estable y centrado en lo local a otro en cambio y globalizado. La tensión hacia el futuro que caracterizaba a los grandes utopías ilustradas también se ha diluido para dejar paso a una exaltación del presente, del que se trata de disfrutar y extraer el máximo jugo posible. La irresponsabilidad con las generaciones futuras se alía con el olvido de las deudas con el pasado (sobre todo, con las víctimas del pasado). Y esto afecta de forma muy especial a la Iglesia que se basa en una creencia legitimada por recurso a una tradición. El creyente cristiano se reconoce, de forma más o menos crítica, formando parte de una tradición.

Así se explica, en mi opinión, la decisión e insistencia con que la Iglesia defiende una determinada concepción de la escuela y de la familia, porque ambas son las instituciones básicas a través de las cuales se ha solido transmitir la tradición en una sociedad y, en la nuestra, la fe cristiana. Pero aquí está la cuestión, bien delicada por cierto: ¿en vistas de los cambios, que inevitablemente experimentan en nuestra sociedad las mencionadas instituciones, no tendrá que plantearse la Iglesia formas nuevas de transmitir la tradición que la funda? ¿Los servicios que han prestado en el pasado la familia y la escuela no estarán impidiendo a la Iglesia discernir con más objetividad e, incluso, descubrir los aspectos positivos de los cambios que ambas instituciones están sufriendo? El tema es de envergadura y me limito a un par de observaciones, muy discutibles ciertamente. La clase de religión sin alternativa exigirá mayor convencimiento, más libertad y esfuerzo a los alumnos que la elijan. Pero esto la Iglesia puede planteárselo como un reto positivo para la educación en la fe en los tiempos que nos toca vivir.

No hay cambio social que, ni de lejos, vaya a tener la repercusión social que los que está experimentando la familia. De una familia vertical y patriarcal, que aseguraba la transmisión de todo un bagaje biológico, material e ideológico, estamos pasando a una diversificación de tipos de familias, que coinciden generalmente por ser más horizontales, más fundadas en los afectos de sus miembros, que conservan su propia independencia. Las mayores energías de la Iglesia se están empleando en afrontar este fenómeno, pero me pregunto si la nostalgia de un tipo de familia, que era el lugar privilegiado de socialización de la fe, no estará dificultando la aceptación de los aspectos positivos de los fenómenos en curso y, sobre todo, no será un lastre para responder pastoralmente de forma apropiada ante un cambio social irreversible (motivado fundamentalmente por el cambio de la situación social de la mujer).

Todo esto me lleva a afirmar que, en mi opinión, el gran problema de la Iglesia en nuestros días es dar con la forma adecuada de gestionar la tradición, de la que es portadora. En situaciones de crisis, en que las pulsiones al cambio son muy fuertes, el dilema es acertar con los cambios requeridos o replegarse por miedo en una actitud, a la corta más rentable, pero a la larga suicida. La cultura actual obliga a la Iglesia a introducir cambios importantes en su forma secular de gestionar la tradición. Tendrá que ser una gestión más 'participativa', con un espacio amplio de libertad y diálogo, aceptando formas democráticas, aunque sin olvidar que el pensamiento tradicional tiene unos criterios específicos de transmisión. Tendrá que ser también una tradición 'inculturada' para que resulte significativa: el lenguaje, los ritos y las formas organizativas de la Iglesia no logran empalmar con la cultura española de nuestros días y no sería acertado echar toda la culpa a los de afuera. La Iglesia emplea demasiadas energías en batallas periféricas, que la desgastan socialmente e impiden percibir el carácter positivo y humanizante del evangelio: la gestión de la tradición peca de excesivo dogmatismo que oculta la vida a cuyo servicio están siempre las fórmulas doctrinales y organizativas. La gestión de la tradición tiene que ser 'intelectualmente crítica', porque cuando la subjetividad campa por sus respetos, como en nuestra cultura, el terreno está abonado para la recreación fantasiosa de todo tipo de tradiciones. Y ahí están para demostrarlo los fundamentalismos y esoterismos cristianos que, por dispares que parezcan, coinciden en presentar visiones míticas de la tradición cristiana. Nuestra sociedad necesita un cristianismo humilde pero sin complejos, crítico y sin miedo a la libertad.



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