La juventud española o está envejeciendo prematuramente o responde senilmente cuando se le pregunta sobre las cosas de la vida. Si hay que hacer caso a las encuestas recientes que pretenden retratarles, los jóvenes españoles conceden más importancia a dos cuestiones que son de primerísimo orden en los mayores y viejos: la salud y la familia.
Así, en los años juveniles de máxima potencia, del vigor físico y la efervescencia, la etapa en que menos se enferma y el dolor de vísceras más escasea al igual que las minusvalías, los mejores años del vivir en que el riesgo y la pasión despiertan, cuando la rebeldía es inherente a la flor de la edad y el temor y la prudencia descansan, resulta que a la mocedad de España le preocupan los males, enfermedades y los achaques que en verdad son agobios propios de la abuela. Tampoco se entiende esa preferencia por estar sanos vista la inclinación masiva y nada saludable del mocerío por el botellón y otras pasadas nocturnas. Y del sentir juvenil respecto a la familia, qué podríamos decir. Cuando todas las alertas se encienden en lo relativo a las relaciones domésticas, el respeto y la autoridad se dice anda en horas bajas, la comunicación paterno filiar se resiente, los padres no pueden con los hijos ni los hijos aguantan a los padres, va a ser que no es lo que parece sino que la muchachada declara tener en un pedestal el modelo familiar de siempre que creíamos se desmorona.
Con una elevada dosis de autocrítica, impropia hasta ahora de esa época lozana, divino tesoro ensalzado por los poetas, y más bien dada al narcisismo, la terquedad y los impulsos irreflexivos, el joven medio español se autocalifica de consumista e inmaduro, una aceptación de los defectos y errores más bien propia de las personas maduras. Son cada vez menos religiosos los chicos y chicas, abjuran de la fe católica pero un gran porcentaje se casaría primordialmente por la Iglesia. La boda ideal para la joven generación descreída sería mayoritariamente por la tarde, de blanco y tiros largos, jurando amor eterno ante el altar y con la bendición del cura. Ante esta fotografía estadística, si a uno le preguntan por la juventud, no cabe otra salida que «el no sabe, no contesta».