El futuro ya estaba inventado. El del ciclismo lo descubrieron los triatletas. Fue observando a otros antecesores, los esquiadores. La silueta de un participante en el Supergigante, con los brazos hacia delante y unidos, es idéntica a la que ahora lucen los ciclistas en una contrarreloj. Su enemigo es el mismo: la resistencia invisible del aire. No es fácil vencerla, hallar el orificio perfecto. De hecho, esa pugna se ha convertido casi en una ciencia. El cambio lo trajo Greg Lemond, un pionero. Él ganó un Tour en la última contrarreloj, en París, ante un país y un rival, Fignon, desolados, sorprendidos. El francés, sin saberlo aún muy bien, había caído ante la fusión de dos rivales: Lemond y las leyes que rigen la mecánica de fluidos. Fignon corrió con la silueta de un ciclista al uso; el estadounidense, emulando a una gota de agua, la estructura perfecta, capaz de deformarse cuando entra en otro fluido.
La contrarreloj es un arte poliédrico. Difícil. Lleno de aristas. ¿Por qué los cascos no son redondos? ¿Por qué se alargan en forma de pico? La Física responde: para evitar las turbulencias que provoca el desplazamiento del aire. Hay un ejemplo más táctil: cuando con un remo se avanza en el agua, parte de la resistencia se debe a las ondas que provoca el movimiento del líquido. Nada es porque sí en el perfil de un contrarrelojista. Los detalles contarán, y mucho, en la etapa final de esta Vuelta al País Vasco.
De frente y de perfil
Al ciclista hay que mirarle de frente y de perfil. Dos fotografías en negro. De frente, de cara, se calcula el área que ocupa. Cuanto más junte los brazos y agache la cabeza, menos superficie expuesta. Aún se puede pulir más: un cono cubre el mismo área que un cubo, pero es mucho más aerodinámico. De ahí las formas, ovaladas, de muchos componentes del ciclismo. El límite a esa teoría es la comodidad del ciclista. La posición perfecta puede ser inasumible para el cuerpo. Hay que buscar el equilibrio. Por ejemplo: en un prólogo de sólo seis kilómetros el ciclista puede soportar una postura mucho más exigente que en una etapa más larga.
Una vez calibrada la 'sombra frontal', se estudia el CX, el coeficiente de penetrabilidad en el aire. Es la fotografía de perfil del corredor. Hay un principio: cuanto más se alargue al corredor, mejor CX. Lo ideal es que la bisagra de la cadera, el centro de la cabeza y el hombro formen una línea horizontal. La cabeza debe proteger del aire al tronco. Pocos lo consiguen. El estadounidense David Zabriskie, por ejemplo. Fue el único que superó a Armstrong en el prólogo del último Tour. Cuentan que cuando Bjarne Riis, el mánager del CSC, metió a Zabriskie en el túnel del viento, los técnicos le dijeron que no perdiera el tiempo, que su posición natural era ya perfecta. El americano tiene una arquitectura longilínea. Es espigado, hecho para el crono. Él nació así; los otros deben adaptarse a ese corsé.
Los ciclistas altos se ajustan mejor a las bicicletas de contrarreloj. Para mitigar esa ventaja, la Unión Ciclista Internacional impuso unas medidas máximas a cumplir -reflejadas en el gráfico adjunto-. La UCI también quiso frenar la consecución de récords con posiciones tan agresivas como las de Obree (el 'huevo') o Boardman (como el vuelo de 'Superman'). Por ejemplo, limitó la longitud de los manillares, lo que penaliza a los corredores de mayor estatura, que no pueden estirar los brazos. De ahí que ahora mismo sea inalcanzable la plusmarca de Boardman en el récord de la hora. La aerodinámica era su arma secreta. Con menos motor que Induráin llegó más lejos.
Atornillado a la bicicleta
Cuando el ciclista y sus asesores han logrado cuadrar las tomas frontal y lateral, llega el tiempo para los detalles. Interminables. Hay que combinar potencia y aerodinámica. El equilibrio otra vez. El ciclista tiene que ir como atornillado a la bicicleta. Clavado. Algunos son partidarios, por ejemplo, de inclinar el sillín, de elevar su parte trasera. Esa leve variación tiene un peligro: el corredor tiende a adelantarse, a pedalear sentado sobre la punta del sillín. Supone un error. Se debe a que con las manos está tirando hacia atrás del manillar. Se está encogiendo en los momentos de máximo esfuerzo. Lo ideal es impulsar con los brazos hacia delante, acompañar la pedalada. Así se hace palanca, se atornilla en el sillín y puede aprovechar toda su fuerza.
Hay decenas de detalles así para ayudar a ese organismo privilegiado que se denomina ciclista profesional. Son la sal para la fuerza. Y a veces se traducen en la diferencia entre el primer clasificado y el segundo. Ya lo entendieron primero los esquiadores, luego los triatletas y después los ciclistas. Todos tienen el mismo modelo. Simple, natural: una gota de agua.