El pasado jueves el consejero delegado de Gas Natural tuvo su mal día, que dedicó a decir obviedades (nuestra oferta ya no es atractiva) y a disfrazar la realidad (no hemos decidido mejorarla). Ayer le tocó el turno a su presidente. La situación a la que se enfrentaba era un tanto kafkiana: dirigía una junta de accionistas a la que se solicitaba la aprobación de una ampliación de capital que, al día de hoy, no se puede utilizar, con la OPA embarrancada en los tribunales, y que en todo caso será insuficiente para alcanzar el precio a pagar por Endesa si quiere quedarse con ella y si, al final, dispone de la oportunidad de hacerlo.
Es bien sabido que todos los empresarios desean un mercado muy competitivo para sus proveedores, a fin de obtener los mejores precios, y prefieren un mercado muy intervenido frente a sus clientes para disfrutar de los placeres que proporcionan las distintas variantes que adoptan los monopolios. Pero no se puede tener todo. Y, puestos a optar, resulta incoherente, anacrónico y extemporáneo que un empresario del Ibex-35 le pida al Estado que tutele su actividad y, por otra parte, a la hora de justificar la intervención resulta insuficiente la apelación al carácter estratégico de la energía. ¿Acaso no son estratégicos la banca, la informática, el automóvil, los medios de comunicación, la siderurgia, etc?. ¿Podríamos vivir sin ellos? ¿También deberían estar tutelados por el Estado?
Las situaciones de emergencia provocan estados de ansiedad que entorpecen el raciocinio, pero hacía tiempo que no oía a un empresario reclamar a gritos la tutela del Estado sobre el sector en el que actúa. Me sorprende el contrasentido y me alarma la deriva de este asunto, que ya no hay quien lo entienda y que ni el mejor abogado es capaz de ubicarlo en el mapa mercantil. Una libertad tutelada, ¿es ése el modelo?