La campaña electoral italiana, pese a su estridencia, es colorida y verbenera, un reflejo del enrevesado laberinto político que componen cantidades industriales de partidos en un sistema único por su confusión. Esta vez ha habido suerte, porque 'sólo' se presentan 174 formaciones. Son menos que en 2001 y casi la mitad de las 310 inscritas en 1994, la primera vez que ganó Berlusconi. El colorín lo ponen los símbolos, unos cromos redondos que representan a cada partido en las listas. En los últimos años se lleva mucho el motivo vegetal: hay olivos, margaritas, claveles, rosas, edelweiss,... La multiplicación de opciones se debe a que, casi siempre, las constantes disputas internas causan escisiones infinitas y al menos dos partidos se acaban disputando la patente de una misma ideología. Y a veces se alinean con coaliciones opuestas. Hay socialistas -lo que queda de ellos en Italia- a derecha e izquierda. Paradojas de la vida: dentro de La Unión de Prodi, el hijo de Craxi, Bobo Craxi, es aliado del ex-juez Di Pietro, quien persiguió a su padre hasta que escapó al exilio. El ejemplo más gracioso es el de los ecologistas. En el centro-izquierda están los Verdes. Y en el centro-derecha, los Verdes Verdes.
Tal constelación de partidos, con un sistema proporcional, causaba en el pasado una fragmentación demencial en el Parlamento. Decenas de minúsculas formaciones intentaban sacar un diputado como cabeza de puente de una clientela de referencia para que su hombre empezara a salir en la tele, a colocar amigos y a hacer favores. Los grandes partidos tradicionales, como la Democracia Cristiana y luego el Partido Socialista, debían crear alambicadas alianzas que parían gobiernos de hasta siete formaciones. Venían a durar una media de seis meses y luego, vuelta a empezar. Este mecanismo generaba tal telaraña de mangoneos que a finales de los ochenta ya constituía un sistema de corrupción absolutamente compacto y organizado. Fue desmontado por la operación Manos Limpias de los jueces de Milán en 1992. Democristianos y socialistas desaparecieron del mapa y se cambió a un sistema de voto mayoritario que hiciera posible un bipolarismo.
61 cambios de chaqueta
No obstante, esta costumbre del partido creado en torno a un jefecillo se ha perpetuado, y aún hoy sobreviven personajes increíbles, como un tal Clemente Mastella, democristiano que ahora está en La Unión, que negocian con su pequeño 3% de votos al mejor postor. Eso le da a la campaña un sabor provinciano y cada plaza de Roma se llena de pequeños mítines diarios para incondicionales. El resultado es que la coalición de Berlusconi llega a los 20 partidos (con la decisiva aportación de la Lista de Cazadores y Pescadores), mientras que La Unión de centro-izquierda de Prodi aglutina a 17. El número de líderes, por tanto, es elevadísimo y, sin exagerar hay medio centenar de nombres propios de políticos habituales en televisión, buscando sacar pecho.
De todos modos no hay que fiarse: en esta legislatura han cambiado de grupo 61 parlamentarios. Vivir de la política en Italia es un chollo: hay 23 ministerios y el Parlamento tiene 951 escaños (630 diputados y 321 senadores), más que el de Estrasburgo, que posee 626. Y son los que más cobran de Europa, con sueldos de hasta 13.000 euros y grandes privilegios. Toda una casta indestructible.