Se puede decir que Romano Prodi le debe a Berlusconi su importancia actual, porque su condición de alternativa es su principal valor para quienes desean un cambio. De otro modo, sería difícil que sus rasgos fueran los de un óptimo candidato. Pero en este caso es así: frente a 'Il Cavaliere' representa como nadie la vuelta a la serenidad, a la normalidad y al trabajo, como si estos cinco años hubieran sido una experimento descabellado y fallido para encontrar una solución a Italia.
El ex presidente de la Comisión Europea aspira a poner orden en un país que, en opinión de la oposición y muchos ciudadanos alarmados, Berlusconi ha puesto al borde del desmantelamiento legal. De hecho, Prodi habla de «reconstruir» Italia, y suprimirá algunas de las leyes más polémicas de su rival, como la de inmigración, la reforma constitucional o el mismo sistema electoral, además de las muchas leyes personales de 'Il Cavaliere' en el campo judicial. También retirará las tropas de Irak. De igual modo, menciona a menudo que desea restablecer la ética y «el imperio de la ley». En este sentido, se propone luchar contra la evasión y tasar las plusvalías millonarias de los especuladores. Sus recetas económicas -entre ellas reducir en cinco puntos la cotización social de las empresas- cuentan con el apoyo de la patronal y pretende acabar con el trabajo precario. Sin embargo, este programa apenas se ha oído en la ruidosa campaña y el miedo de La Unión al cuerpo a cuerpo con Berlusconi les ha hecho optar por ser benévolos con el magnate, esperando que se hunda solo. Mañana se verá si ha sido un error o un acierto.
La otra pregunta es si los partidos del centro-izquierda lograrán mantenerse unidos, y no como en 1996, que duraron dos años. Esta vez juran que sí y la verdad es que las primarias de octubre fueron un impulso de insólito entusiasmo: participaron 4 millones de personas para elegir a Prodi.