El abrazo de la fe por los vascos ha dado mucho de qué hablar. Buen número de escritores afirmaban antes del XVIII que la cristianización del País Vasco fue rápida y exenta de obstáculos. Se tenía la firme convicción de que el grueso de la población la había aceptado con una alegría sin precedentes. Esta corriente de interpretación se apoyaba en creencias como la presencia del mismísimo San Pablo muy cerca de Viana, lo que habría posibilitado la llegada de la Buena Nueva para el siglo I.
A esta interpretación había colaborado de forma involuntaria el geógrafo griego Estrabón, que describió a los vascones como monoteístas. Visto el planteamiento, no es de extrañar que casi todos los intelectuales medievales y de la Edad Moderna -Esteban de Garibay fue un buen ejemplo de ellos- confirmaran la cristianización del país de los vascos en el primer siglo de nuestra era. Nadie dudaba de que la primitiva tendencia al monoteísmo había situado a aquellas tribus del norte de la Península en un estadio más cercano al mensaje evangélico que el resto de los pueblos. Sin embargo, hoy en día se ha pasado al otro extremo. La gran mayoría de los historiadores confirma el enorme retraso con que el mensaje de Jesús llegó al País Vasco.
El cristianismo irrumpió en la Península Ibérica en el siglo I. Las primeras áreas de contacto fueron las costas mediterráneas. Desde allí se propagó a los principales núcleos urbanos a través de la eficaz red de vías y calzadas romanas. Paradójicamente, el Imperio pasó de ser el gran enemigo de la nueva fe a resultar determinante en su propagación desde la ribera del Mediterráneo hacia el interior.
La prueba más clara de que las nuevas creencias habían llegado a territorios controlados por los vascones fue el martirio de Emeterio y Celedonio en Calahorra, en el año 304. En el siglo V, el procónsul Aurelio Prudencio afirmó en su libro 'Peristefanon' que su territorio era ya plenamente cristiano. La propia existencia de un obispo calagurritano llamado Silvano confirmaría la hipótesis de que, para entonces, la zona meridional de los territorios vascones -el valle medio del Ebro- estaría evangelizada. Todo lo contrario a lo que sucedía con las áreas situadas más al norte, de las que el citado Prudencio Aurelio destacaba su apego al paganismo.
Desgraciadamente, la crisis social, política y económica de la época conocida como el Bajo Imperio frenó la expansión del mensaje de Cristo. Roma entró en una caída en picado que afectó a todas sus posesiones y que llevó a la degeneración de una de sus principales creaciones: la cultura urbana. Las ciudades dejaron de ser focos de influencia y promotores de nuevas formas de pensamiento y creencias. El cristianismo se quedó donde había llegado, por lo que el norte se mantuvo, valga la expresión, dejado de la mano de Dios.
Los visigodos
La llegada de los visigodos no mejoró las cosas. Esporádicamente se hablaba en las crónicas de un Obispo de Pamplona y de su correspondiente obispado, pero la realidad fue mucho más desoladora. Los vascones se obcecaban frente a las nuevas creencias. De hecho, el citado obispado pamplonés tan sólo dio muestras de existir tras cada una de las campañas militares victoriosas de los visigodos. La conclusión de tan desastrosa fase de proselitismo religioso fue que la presencia del cristianismo durante la época visigótica se redujo al valle del Ebro y a algunas comunidades eremíticas asentadas en lo que hoy es Álava.
Y eso que no faltaron misioneros. Uno de ellos fue San Amando, que se propuso evangelizar a los vascos de las zonas más septentrionales en el siglo VII. Su fracaso fue rotundo, lo que certificaba la cerrazón de aquellas tribus ante las nuevas creencias. No fueron pocos los textos visigóticos en los que se afirmaba el rechazo violento que manifestaban los vascos del norte frente al cristianismo. En ese mismo siglo, Tajón, obispo de Zaragoza, escribió una carta a Quirico, obispo de Barcelona, en la que se refiere a los vascos como «fiera gente» y agrega que «en los templos de Dios se hace nefanda guerra, los altares sagrados son destruidos, muchos clérigos son pasados a cuchillo ».
Todo empezó a cambiar con la Reconquista, tras la invasión de los árabes, a comienzos del siglo VIII. La aparición de dos centros de poder político y militar importantes, Asturias y Navarra, repercutió de forma positiva en la progresión del cristianismo hacia las tierras del norte. Los monasterios navarros de Leire, Igal, Urdaspal, Cillas y San Zacarías se convirtieron en polos que, mediado el siglo IX, no sólo certificaron la consolidación de la nueva religión en dicho territorio, sino que la propia creación del Obispado de Pamplona garantizó la extensión de la misma.
El influjo asturiano afianzó un importante foco cristiano en Álava. Posteriormente, en el siglo IX, se creó la diócesis de Valpuesta, que incluía los valles de Carranza, Trucíos y Arcentales. El cristianismo alcanzaba las Encartaciones. A partir de ese momento, los obispados de Pamplona, Valpuesta y Armentia serían los encargados de desarrollar la evangelización en los siempre difíciles territorios del norte. Una buena prueba de aquel proselitismo son los sepulcros de Arguiñeta, en Elorrio, que certifican la penetración del cristianismo en tierras vizcaínas desde finales del siglo IX.
Este proceso de expansión y evangelización duró hasta bien entrado el siglo X. La religión cristiana se asentó gracias a la aparición de importantes monasterios como San Millán de la Cogolla y Albelda. La proliferación de pequeños recintos monásticos en la zona media de Navarra y Álava también ayudó. Aunque en Vizcaya hubo que esperar al siglo XI para que esta corriente monástica se generalizase y con ella, la implantación definitiva del mensaje evangélico.