El Correo Digital
Lunes, 10 de abril de 2006
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CICLISMO
 
EDICIÓN IMPRESA
 
SPRINT. Sastre celebra su victoria por delante de Cunego, sorprendido en la recta final. / IGNACIO PÉREZ
CICLISMO
Cuatro corredores cuesta abajo en Autzagane, la cuesta que se desploma sobre Amorebieta. Venían dándole vueltas a los pedales y a una duda: cómo afrontar la última curva. Contador pensó: mejor adelantarme a ella. Eligió la sorpresa, quizá su única opción. Erró. Joaquín Rodríguez y Cunego, dos ciclistas rápidos, audaces y de talla baja -ideal para limar las curvas-, optaron por tomar la delantera. Había que entrar primero en el último giro, en esa curva violenta. Agachados, mordiendo sus propias rodillas. Con cuchillas en los codos, metidos en un ring de asfalto... Se equivocaron también. En ese pasillo de imágenes que es la Gudari Kalea corría un ciclista tranquilo, alguien que hace tiempo le arrancó la raíz a sus nervios. No primó la posición, sino la velocidad. Mientras sus rivales se enzarzaban, Sastre convirtió la curva en el peralte de un velódromo. La tomó abierto, sin frenar y así, en tándem con la inercia, elevó los brazos sobre un coro de lamentos. ¿Un escalador vestido de esprinter? No. Un ciclista con pasado. Sabe. Empleó todas las pulsaciones de su corazón en bombear sangre a los músculos y ninguna en alimentar la tensión.
 
 

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