El Correo Digital
Lunes, 10 de abril de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
Intelectuales y Estatut
A punto de concluir con éxito el proyecto de Estatut para Cataluña, cabe la posibilidad no sólo de anticipar el balance político del nuevo escenario sino también de hilvanar alguna reflexión en torno a determinados aspectos colaterales del proceso; por ejemplo, la especial atención que ha merecido por parte del profesorado universitario. Junto a las opiniones rutinarias y previsibles de políticos, tertulianos y demás comentaristas 'comprometidos' de la cosa pública, el lector de prensa ha tenido la fortuna de conocer en directo las tesis autorizadas de numerosos catedráticos de Ciencia Política, Teoría del Estado, Derecho Constitucional y disciplinas similares, a las que se han querido sumar otros colegas. Salvados los personales matices, y con meritísimas excepciones, las posiciones se han presentado drásticamente alineadas en uno de los dos bandos, a favor o en contra.

Acostumbrados como estamos a la ramplonería de las tertulias-ómnibus, la dialéctica fina y erudita de los profesores ha sido una delicia para la inteligencia. Pero como las polarizaciones teóricas degeneran habitualmente en polarizaciones valorativas, surgen las preguntas. ¿Ha sido este 'debate' un ejercicio de la 'razón comunicativa', como querría Habermas, o un vulgar diálogo de sordos? ¿No estamos ante 'pensamientos fuertes', reciamente instalados -como ocurre paradigmáticamente en política o religión-, destinados a desembocar irremediablemente en posiciones maniqueas? ¿No es capaz la 'razón académica' de alcanzar consensos doctrinales mínimos que relativicen la discrepancia y suavicen la crispación? ¿O de elaborar enfoques nuevos para tratar las viejas disputas? ¿Son los profesores un simple cuerpo de elite en la pelea política, que ofrece algo mejor y más sofisticado, pero, a fin de cuentas, más de lo mismo?

Especialmente sorprendentes han sido las discrepancias radicales en puntos donde lo que está en juego no son especulaciones de altura (pongamos, qué cosa es una nación de naciones), sino cuestiones accesibles a una razón más lineal, cartesiana o instrumental, que prescinde de las grandes preguntas y se ocupa de la cara fácilmente mensurable o formalizable de la realidad. Por ejemplo, ¿es equitativo, con respecto a parámetros de referencia previamente definidos, tal o cual sistema de financiación autonómica? ¿Es constitucional determinado precepto del proyecto? Cuando a preguntas en apariencia sencillas los expertos ofrecen contestaciones tan opuestas, cabe pensar que en sus procesos discursivos está interfiriendo alguna otra facultad humana distinta de la razón.

Llevamos la etiqueta de 'sapiens sapiens' todos cuantos estamos emparentados con Cro-Magnon; con tal calificativo redundante se nos diferencia del hombre de Neandertal, que es un 'sapiens' a secas. Mientras que éste simplemente conocía o sabía, los hombres de la especie actual 'sabemos que sabemos', es decir, somos doblemente racionales: la razón se fue 'hominizando' hasta convertirse en reflexiva. Grecia y la Ilustración representan dos momentos estelares en la peripecia humana. Los griegos fueron los auténticos descubridores de la razón y los ilustrados se esforzaron por liberarla de toda clase de adherencias. Con Kant se creó el mito de la razón 'pura' y con Hegel se llegó al delirio de la razón 'absoluta'. A partir de entonces no han cesado los ataques al imponente edificio racionalista desde diversos frentes filosóficos, todos ellos coincidentes en destacar que no pensamos ni única ni principalmente con la razón.

En efecto, el pensamiento resulta ser un ejercicio holístico donde la razón aparece indisociablemente vinculada no sólo a creencias arraigadas y a principios inamovibles, sino también al instinto, la voluntad, la pasión, la acción, el sentimiento, el amor, el sufrimiento, la vida... Numerosos filósofos y escritores se han referido a esta vinculación. A los casos más conocidos de Nietzsche, Schopenhauer, Ortega o los pragmatistas norteamericanos pueden añadirse algunas citas a título de ejemplo: 'Júpiter nos ha dado más pasión que razón' (Erasmo); 'es la volición la que guía la razón y no al revés' (Hume); 'lo que en mí siento está pensando, pues hay que sentir para pensar y pensar para sentir' (Pessoa); 'el amor precede a todo conocimiento' (Unamuno), 'el sufrimiento es el gran principio de verdad' (Adorno), etcétera.

Desde hace algún tiempo se emplea el término 'pensamiento desiderativo', en reconocimiento del tributo que la razón ha de pagar al deseo, que es su estímulo y conductor. El ser humano es el único animal capaz de segregar construcciones mentales -más o menos alambicadas dependiendo de la capacidad intelectual del sujeto- que reflejan los deseos en ellas proyectados. 'El deseo es padre del pensamiento', reza el viejo proverbio árabe; y también de la realidad, que consiste más en desear que en tener, ha completado algún filósofo. La razón es la facultad que nos permite revestir de un ropaje lógico el impúdico 'quiero, luego existo'. Tal vez fue el deseo (acabar con el insoportable contraste entre la sociedad ideal y el odioso espectáculo de lo real) lo que originó la filosofía dualista de Platón (Popper). Y hasta un racionalista como Spinoza sostuvo, en contra de Aristóteles, que «no deseamos algo porque es bueno, sino que juzgamos que es bueno porque lo deseamos».

¿Qué fue en el principio: el verbo (Evangelio de Juan), la acción (Goethe) o el deseo? ¿O todo al mismo tiempo? Opinan prehistoriadores y antropólogos que el temor, la incertidumbre, la inclemencia y la muerte estimularon en nuestros ancestros un proceso desiderativo de supervivencia que terminó alumbrando una nueva facultad -la razón reflexiva- capaz de tomar distancia de la realidad y de dotar a ésta del sentido conveniente a sus anhelos e intereses. La razón nació en la especie humana henchida de deseo y urgida por la acción. Algunas decenas de miles de años más tarde, sigue siendo vana la ilusión, que la Modernidad acarició, de concebir ideas sin deseos.

Sin embargo, aunque la razón sea el órgano más débil y enclenque del animal 'homo', es también el único capaz de arrojar alguna luz acerca de lo que somos. Como señaló Kant, es el tribunal supremo competente para dirimir acerca de las pretensiones de nuestra especulación. A pesar de estar atenazada por sus propios prejuicios y por otras compañías sospechosas, no ha perdido la ca- pacidad de hacer oír su voz entre tanta algarabía, de poner coto a las previsibles extralimitaciones de sus compañeros de viaje y de exhumar 'razones' que éstos no siempre comparten. Pero ello exige una enorme ascesis intelectual.

Con ocasión del proyecto de Estatut, nuestra elite de pensadores ha puesto de manifiesto que la tarea no es fácil. En general, ha ocurrido lo que ya advirtió William James, que las creencias no son tanto representaciones de las cosas como estrategias de acción. Por eso, el saldo final de tanto esfuerzo intelectual ha resultado desequilibrado: los desarrollos doctrinales han sido brillantes, pero la aportación real a la resolución política de los asuntos, más bien insignificante.



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