El Correo Digital
Lunes, 10 de abril de 2006
 Webmail    Alertas   Envío de titulares    Página de inicio
PORTADA ÚLTIMA HORA ECONOMÍA DEPORTES OCIO CLASIFICADOS SERVICIOS CENTRO COMERCIAL PORTALES
OPINIÓN
ARTÍCULOS
Semana ¿santa?
La religiosidad popular representa una de las manifestaciones culturales más sui generis de España. La Semana Santa, junto a las fiestas marianas o patronales de los pueblos y ciudades, comprenden el contexto litúrgico predilecto en el que la religiosidad popular se revela. En otros países europeos de honda tradición católica como Italia, Irlanda, Polonia o Portugal, la religiosidad popular ha conseguido mucho menos arraigo. En las naciones de influencia protestante, mientras tanto, la religiosidad popular fue suprimida de cuajo, acusada de superstición e idolatría.

La presencia de la religiosidad popular no ha venido tan aminorada por la progresiva descristianización de la sociedad española como cabría suponerse. Aunque al compás del proceso de secularización, este tipo de eventos sí se han ido vaciando de contenido religioso. Las procesiones se van restringiendo a actos meramente folclóricos. La sociedad española ha ido abandonando la fe cristiana, pero no ha querido despojarse de la religiosidad popular.

Por tanto, como corresponde a una sociedad secularizada, la Semana Santa para la mayoría de los españoles se convierte simplemente en un tradicional y esperado periodo vacacional o de descanso, en donde apenas hay lugar para motivaciones religiosas. Ahora bien, el turismo o folklore religioso sí genera un gran atractivo para muchos no creyentes. En definitiva, los días festivos de la Semana Santa están tan asimilados socialmente como vacaciones que ni siquiera los más acérrimos defensores de la cultura laica insisten en sustituirlos por jornadas laborales.

Tampoco debemos dejar escapar que han aflorado desde el Concilio Vaticano II celebraciones discretas de la Semana Santa que nada tienen que ver con la religiosidad popular, pero que sí gozan de un gran significado para la vida eclesial. Son conocidas como las 'Pascuas'. Reunidos en locales parroquiales, en casas rurales o en aulas universitarias, pequeños grupos de creyentes preparan a su estilo la liturgia del Jueves Santo, Viernes Santo y Sábado de Gloria. Como lo hacían los primeros cristianos, los participantes en las 'Pascuas' conviven bajo el mismo techo y comen en la misma mesa, rezan, comparten sus inquietudes personales o debaten sobre los asuntos que preocupan a la Iglesia católica y al mundo entero.

Naturalmente, los agentes pastorales de nuestro entorno prefieren potenciar antes las 'Pascuas' que las procesiones y las representaciones vivientes de la Pasión, hasta el punto de que la religiosidad popular es prácticamente ignorada en los programas de evangelización de las diócesis vascas. Pero la religiosidad popular es, hoy en día, uno de los pocos lugares de encuentro entre la cultura laica y la tradición cristiana. La Iglesia católica debe visualizar las posibilidades que la religiosidad popular desvela como plataforma de catequización y diálogo con los no creyentes. En realidad, el mundo secularizado se plantea similares preguntas que el pueblo creyente, aunque las respuestas a las que ambos concluyan sean diferentes. Paso a la Semana Santa, comienza la estampida viajera. Es el signo de nuestro modo de vida y de nuestra posición social. Un poco al fondo, no en las catacumbas pero sí al fondo, bastante gente vivirá estos días con espíritu religioso. El mismo sol radiante para todos, la misma paz de los días de ocio, y el añadido de una celebración religiosa de la vida. ¿Será necesaria una fe como para mover montañas?

Estos días venideros, no pocos ciudadanos viviremos el gusto por la vida y sus momentos de descanso, sin dejar de lado la memoria religiosa que hasta nosotros ha llegado. La hemos acogido en la infancia como parte de nuestra educación y la hemos depurado con los años hasta hacerla hija de nuestra libertad. Estamos en ella para contar su sentido y ofrecer humanidad. Proponemos celebrar la vida de Jesús y ver si en su sentido la nuestra aclara el suyo.

Alrededor de estas fiestas es obvio que se mueve un mundo radicalmente variopinto; el que va del turismo como industria al ocio como sueño sin riesgo, o de la cultura religiosa popular a las fiestas del inicio de la primavera... No tengo inconveniente en reconocer que los aspectos culturales y hasta económicos han cobrado un auge casi incomparable. Pero nadie me quitará de la cabeza que detrás de la fiesta siempre está el deseo humano de romper el techo plúmbeo de una vida sin misterio; y detrás del anhelo de misterio, yo no creo que esté el miedo de los humanos ante la realidad, sino un sentido particular que nos acompaña sin remedio a las personas. Creo, por ello, que el desprecio de lo religioso como un anacronismo premoderno es otra forma de pereza intelectual y prisa.

La fe es algo más sencillo de lo que parece si comenzamos a buscarla desde muy abajo y muy adentro, porque la fe es sentir que uno tiene 'razones' muy radicales para confiar y amar, incluso en el fracaso y ante los enemigos. Razones que resuenan en nosotros como el eco de algo o alguien que nos da confianza. Hay que cultivar el oído, claro está. Y después, cada uno llega hasta donde puede, y si puede, porque la libertad es la primera condición de lo humano. También para holgar. La fe quiere que todo el mundo lo pase bien, pero todos y con cabeza.

¿Será que no estamos ya para molestias religiosas y menos del tipo de las bienaventuranzas de Jesús? ¿O acaso las iglesias cristianas no son demasiado creíbles? ¿O es que corremos sin rumbo, huyendo hasta de nosotros mismos? Es Semana Santa, repensar nuestras inquietudes religiosas no ha de hacernos daño.



Vocento