Fue buen toro el primero, que abrió desfile de una imponente corrida cinqueña. Tal vez el menos armado de los seis fue, pero armado estaba. Dentro del encaste Núñez cuesta imaginar corrida de tan serio cuajo como ésta. No sólo porque los seis toros habían tomado de sobra la edad. Es que fueron singulares las hechuras. Y diversas. Se enlotaron juntos los dos toros de mayores diferencias: un segundo burraco y corto que no daba los 500 kilos con un largísimo y cuajado quinto que pasaba de los 600. A tanta diferencia de peso no correspondió distancia parecida en trapío. Trapío tuvieron los seis.
De modo que fue corrida de Madrid en toda regla. No en el tipo de Núñez exactamente. Bien comida estaba. No tan fuerte como aparentaba, sin embargo. El mismo primero, entregado en un primer puyazo de buena zurra, se desparramó entero en banderillas. Estaba duro el piso. Y eso contó para ese toro y para cuantos vinieron luego. El imponente quinto, de más volumen, talla y eslora que cualquier otro, salió acalambrado y arrastrando una pata. En la duda de si acalambrado o cojo, la presidencia optó por lo primero. Una equivocación. No fue el piso ni la fragilidad. Estaba cojo.
Resistió la corrida de desigual manera. Más que ninguno, un hermoso cuarto salinero de pinta, cortísimo de manos, entrado en carnes, corto un cuello fortísimo y tupido, badanudo, con aire de viejo y estampa abisontada pero aleonada también. Buen toro. El mejor de los seis: muchos pies de salida, francos los viajes, nobleza por las dos manos, fijeza, motor sobrado. En tres buenos lances de recibo de Víctor Puerto dejó ya ver el toro, que tuvo fijeza, movilidad y hasta protagonismo porque fue toro con mucha plaza. Por la pinta y el cuajo, por la distinguida manera de pelear.
Víctor lo vio y abrió faena en la distancia con el pase cambiado por la espalda, que vino a ser al cabo el golpe mayor. No el único. Pero fue faena de sí pero no, de atreverse sin rematar, de manejar pero sin gobernar. Al hilo del pitón cuando llegó la hora de meterse en harina. De toques sin enganchar. De perfil. De dudas en la distancia, pero para terminar Víctor encima, que es lo que el toro no quería. Después de un pinchazo hondo se echó el toro, que acusó los kilos de más. Se arrastró sin una sola palma. Las mereció. Silenciado Víctor Puerto por un trabajo tan profesional como justo de ilusión. El toro pesaba en la muleta.
Más todavía que ese notable cuarto un raro sexto. Raro por la pinta: berrendo en negro, calcetero, lucero. Largo, enmorrillado, abierto y engatillado de cuerna. Un ejemplar con predominio de sangre Villamaría, que a veces saltan en las ganaderías de fondo Núñez, como ésta de los hermanos González. Ese sexto tuvo picante, agresividad, hasta una chispa fiera. No le encontró el aire Antón Cortés en trasteo cauteloso y de tirones. De manera que los dos toros de mejor juego no dieron triunfos. Tampoco lo dio el manejable primero, porque le faltó poder para atacar en serio y Víctor Puerto no se animó a bajarle la mano por no verlo rodar. Muy premiosa la faena, que tuvo su unidad, sí, pero poca luz.
El toro más deslucido fue, por cojo, el quinto. Y luego del quinto, un tercero que parecía hermano suyo, que adelantó por las dos manos y que se indispuso mucho cuando enganchó telas. Además de gatear, el toro acabó tirando tornillazos en los remates y se le atravesó a Cortés muy pronto. El segundo, muy mugidor, se rompió en los lances de saludo de Uceda Leal, que pecaron pro exceso de violencia. Repuso el toro antes de tiempo, claudicó dos o tres veces. No tuvo mal aire, fue noble. No terminó de pasar del todo. No se negó tampoco. Pelea en tablas. Uceda, muy chillón, se metió en faena monocorde, de sobar en corto. Y al fin agarró estocada generosa.