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Lunes, 10 de abril de 2006
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DEPORTES
Bilbao Basket
Perdidos, como almas en pena
El Lagun Aro compagina su tendencia a derrocar líderes con una inesperada facilidad para resucitar a colistas, como el Etosa
Perdidos, como almas en pena
SIN ARGUMENTOS. Rancik, frenado en una penetración. / FOTOGRAFÍAS: MITXEL ATRIO Y JORDI ALEMANY
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Se esperaba una traca, pero apenas sonó algún inofensivo petardo. Ganar al líder debía tener continuidad con una victoria sobre el colista. Agua. Fallo colectivo en el vaticinio y nueva entrega de la imagen menos visceral y bélica del Lagun Aro. Perdidos, como almas en pena, los rojillos fueron tragados por la tierra en el momento en que se cocía el partido. Un parcial de 1-18 certificaba el retorno a la vida del Etosa Alicante y deja a los bilbaínos con tortícolis por no poder dejar de mirar a los retrovisores. Para mayor 'inri', hasta el 'average' particular ha pasado a favorecer a los levantinos.

¿Qué ocurrió? Varias cosas. La primera, que la intensidad se quedó en el vestuario local. Con Nacho Rodríguez como mariscal de campo -por momentos parecía lucir la camiseta blaugrana de su época de mayor esplendor-, la situación implicaba que la defensa diseñada por Vidorreta hacía aguas. Ágil en el manejo de la bola, el base malagueño no encontraba problemas para marcar el ritmo a los suyos, que sólo tenían que esperar para recibir con ventaja y anotar. A la inversa, la cosa no era mejor para los intereses bilbaínos. La espesura en ataque fue una constante durante el partido y los problemas no tardaron en hacer acto de presencia.

Quedado claro que el Lagun Aro no tenía un día especialmente apto para las florituras, ni siquiera para sacar adelante situaciones mucho más elementales del juego, quedaban razones sobradas para la esperanza. Cada vez que los locales atinaban con un par de espasmos de intensidad, el Etosa se tambaleaba como un mal boxeador con las piernas de cuerda. Sólo entonces emergía la necesidad que podía retraer a los alicantinos. Éstos no dudaron en jugar sus armas. Ya que en ataque no les iba mal -mucho más fácil de lo previsto-, endurecieron el choque ante las dudas evidentes que atenazaban a los rojillos cada vez que pisaban la zona caliente.

Pulso desigual

Sin opción para detener a Nacho Rodríguez, el segundo agujero llegó con Scott y Rancik, incapaces aunque fuera de equilibrar sus argumentos con los de Lewis y De Miguel. Era como un pulso entre excavadoras y modestos todoterrenos. Sin color, al menos en lo que recoge la estadística y las sensaciones percibidas.

Y pese a todo, casi siempre hubo partido, posibilidades reales de engancharse al Etosa y dejarle atrás con un sabio y determinante golpe de riñón. Todo apuntaba a que llegaría en el último cuarto, después de que el Lagun Aro mostrara una mejor comprensión de sus propias necesidades. A poco que corrió al contragolpe, cerró el rebote y se empleó a fondo en bloquear las líneas de pase, el público echó el resto. Era como si sólo le restara un suspiro de inspiración e intensidad para invertir la situación, siempre favorable a los alicantinos (salvo un lejano 18-18). El soplo divino no llegó. Peor aún. Arribó una tempestad provocada por la precipitación, la falta de madurez para no derrochar las opciones que quedaban

Inexplicable. Un parcial de 0-10 que desembocó en un hiriente 1-18 en el último cuarto certificó la resurrección de otro rival a no descuidar en la lucha por la permanencia. Todo salió mal o fue mal ejecutado. Lanzamientos gratuitos, nulidad defensiva, pérdidas fruto de la obcecación. Visto y no visto. De soñar con un plácido final de temporada a seguir estando pendientes, por si acaso, de los demás. Y todo, ante un oponente que tuvo una gran efectividad, pero sobre todo que maniobró con muchos más grados de temperatura en su sangre. Sin menospreciar al merecido vencedor, tampoco dejó en La Casilla un nivel de Euroliga.

Pinchazo en hueso, otra vez en el momento menos esperado. Otro colista que venga a un líder. Otra decepción de un equipo que no acaba de verificar su instinto letal. Cuando eso ocurre, el depredador se convierte en presa.



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