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Lunes, 10 de abril de 2006
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DEPORTES
CICLISMO
Sastre sale de la última curva
El corredor del CSC midió mejor el sprint que Cunego y Rodríguez y ganó la Clásica de Primavera
Sastre sale de la última curva
SPRINT. Sastre celebra su victoria por delante de Cunego, sorprendido en la recta final. / IGNACIO PÉREZ
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EL GANADOR
Carlos Sastre



Datos: Madrid, 30 años

Palmarés: 4 victorias. Etapa en el Tour de Francia 2003. Sector en línea de la Escalada a Montjuic. Etapa en la Vuelta a Burgos. Tercero en la general de la Vuelta a España 2005. Novenoy décimo en la general del Tour.

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Cuatro corredores cuesta abajo en Autzagane, la cuesta que se desploma sobre Amorebieta. Venían dándole vueltas a los pedales y a una duda: cómo afrontar la última curva. Contador pensó: mejor adelantarme a ella. Eligió la sorpresa, quizá su única opción. Erró. Joaquín Rodríguez y Cunego, dos ciclistas rápidos, audaces y de talla baja -ideal para limar las curvas-, optaron por tomar la delantera. Había que entrar primero en el último giro, en esa curva violenta. Agachados, mordiendo sus propias rodillas. Con cuchillas en los codos, metidos en un ring de asfalto... Se equivocaron también. En ese pasillo de imágenes que es la Gudari Kalea corría un ciclista tranquilo, alguien que hace tiempo le arrancó la raíz a sus nervios. No primó la posición, sino la velocidad. Mientras sus rivales se enzarzaban, Sastre convirtió la curva en el peralte de un velódromo. La tomó abierto, sin frenar y así, en tándem con la inercia, elevó los brazos sobre un coro de lamentos. ¿Un escalador vestido de esprinter? No. Un ciclista con pasado. Sabe. Empleó todas las pulsaciones de su corazón en bombear sangre a los músculos y ninguna en alimentar la tensión.

El Lampre se encargó de la mayoría de los 171 kilómetros de la Clásica de Primavera, prueba organizada por la Sociedad Ciclista Amorebieta y patrocinada por EL CORREO. Cunego amasó a sus gregarios con la harina de una misión. Tenían que secuestrar la carrera hasta la tercera y última vuelta al bucle por Montecalvo y Autzagane. Le obedecieron. Laiseka y Luengo (Euskaltel), más Pereiro (Baleares) y Ramírez (Spiuk) quisieron desatar el día. Fueron las suyas una pedaladas tan generosas como estériles. El Lampre nunca les dio la cuerda suficiente. Por eso, a la tercera ascensión a Montecalvo llegó un grupo colmado de ciclistas. La clásica recomenzaba.

A Cunego le sobraba electricidad. Encadenó ataques, desparramó dorsales por las cunetas de un público alineado y fiel a su carrera, a su cita anual. Fran Pérez y Verdugo se agarraron al menudo italiano. Insistió Cunego. Y le colocaron una ventosa Joaquín Rodríguez y Contador. Así coronaron. Era el trío de la victoria. O no. El triunfo pertenecía a un trío, pero era del que venía unos metros por detrás: Arroyo, gregario de Rodríguez; Mazzoli, peón de Cunego, y Sastre, el solitario en un mundo de parejas.

Al ritmo de Cunego

El 'solitario' es su juego. En el que mejor se desenvuelve: de esa forma ganó una etapa en el Tour. Solo. Ayer, sin embargo, le dio por los tríos. Abandonó uno y se montó en el otro camino de Autzagane. Con Rodríguez y Cunego, más rápidos que él, y con Contador, el escalador en forma. Detrás, Marchante, David Etxebarria, David López y otros ya corrían sin contrato para acceder a la última curva. La partida final sobre esa mesa de asfalto era de cuatro sillas, para cuatro jugadores.

Contador, con la herida abierta de una Vuelta al País Vasco que perdió cuando parecía suya, tiró un vistazo oblicuo. Hizo recuento. Y vio mucha velocidad a su alrededor. Por eso, antes de tiempo, declaró abierto el sprint. Era un órdago desesperado. Y nadie cayó. Las miradas de Cunego y Rodríguez, los más felinos, iban y venían como cuchillos. El catalán tenía muchos errores anteriores guardados en el cajón. Siempre llega en cabeza a esta curva y nunca gana. No acierta con la jugada. Ayer creyó que el 'as' estaba en ceñirse a la guillotina de las vallas y entrar de cara a la calle. El primero. De cara incluso al peso del viento.

Cunego le había calcado la intención. También tiene un fallo en el archivo: el año pasado fue aquí segundo. Cayeron en la obsesión de la curva, sumidos en esfuerzo y cálculos. Fue entonces cuando, lanzado, exprimiendo el tirón de la goma en que se había convertido el giro, emergió Sastre. Siempre supo que sólo tenía una jugada. No pestañeó. No la enseñó. Y cuando los otros mostraban sus cartas y se preparaban para recoger el premio, cantó su 'póker'. La jugada de la Primavera.



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