He aquí una recolección de frases oídas este fin de semana a italianos, extenuados tras la campaña y escépticos hasta con su partido. «Si vuelve a ganar Berlusconi yo me voy del país. Prodi es un horror, pero cualquier cosa mejor que Berlusconi». «Ganará Prodi, durarán tres meses, discutirán, caerá el Gobierno, se volverá a votar y ya no estarán Prodi ni Berlusconi». Hasta en la derecha esperan una buena derrota para quitarse del medio a Berlusconi. «Para los que somos de izquierda es un drama, los dos candidatos son de derechas». «Hazme caso, todos los políticos van sólo a los suyo, pero Berlusconi al menos es uno que sabe hacer las cosas y tiene lo que hay que tener, es el único capaz de hacer algo en Italia».
Pesimistas, cínicos, fatalistas, pero, no obstante, alegres, los italianos votaron ayer y votan hoy para decidir si echan o no a Berlusconi. La cuestión está planteada en estos términos. Sin embargo, la impresión es que tanto unos como otros votan sin ningún entusiasmo, como si en el fondo diera igual. Bien mirado, son los mismos candidatos de hace diez años, en la política siguen las mismas caras y el país no ha cambiado, si acaso va a peor. Lo que querrían de verdad los italianos es que Italia funcione, pero les parece una tarea tan imposible que el voto se vive con resignación. Cualquiera que conozca este maravilloso país percibe claramente esa sensación de nación antigua, desfasada, instalada en una profunda crisis, donde hay muchos errores de raíz cometidos hace demasiado tiempo, que se desliza en una decadencia irremediable.
Italia no funciona
En Italia, cayendo en una generalización, no funciona nada y la administración, los bancos, las oficinas, son un paisaje de los años sesenta con matasellos, papeles de calco y pilas de carpetas donde el ordenador es un objeto marciano. Con colas donde todos se cuelan. El enchufe y el nepotismo son el modo normal de encontrar trabajo. La puntualidad es una falta de cortesía y tomar en serio la palabra dada es una exageración. El sur de Italia es la región más pobre de Europa, una especie de Albania, donde no se sabe dónde han ido a parar 40 años de inversiones oficiales y todo el mundo hace como que la Mafia no existe, pero en realidad es una presencia más tangible que el propio Estado. Roma, siendo una capital europea, es una ciudad donde cualquiera que dependa del transporte público llegará siempre tarde al trabajo, si llega. Uno de cada tres italianos se irían del país si pudiera, según un reciente sondeo.
En resumen, para el italiano la vida es una lucha, una pelea solitaria en la que los políticos tienen poco que ver, porque no se espera demasiado de ellos. Al italiano, siempre en general, le cuesta mucho ver más allá de sus intereses, pensar en una colectividad. A lo más que llega es a 11 personas, su equipo de fútbol. Más allá, no hay nada. El ayuntamiento, el gobierno, el Estado, son estructuras que le son ajenas y ante las que sólo cabe la defensa o la trampa. Los niveles de evasión fiscal y dinero negro de Italia son los más altos de Europa. El italiano tiene claro, como una verdad natural, que todos y cada uno de quienes llegarán a los puestos de poder harán lo mismo que haría él: aprovecharse en la medida de lo posible. Es decir, da igual quién gane. Por eso el elemento ético no es motivo de debate, pocos se lo plantean, y en este sentido Berlusconi tiene la batalla ganada. Si uno desconfía de todos, el más cínico se convierte en el más de fiar. Básicamente, todo el mundo sabe lo que es 'Il Cavaliere', y encima debe soportar lecciones de democracia del extranjero.
Idealismo
En este panorama tan poco idealista, sólo se han producido dos momentos de entusiasmo, de creer que Italia podía ser un país normal, incluso un país mejor. Uno fue la gran operación contra la corrupción de Manos Limpias de 1992, que barrió la clase política tradicional y todo un sistema de corrupción organizada. El vacío de poder permitió la llegada de un nuevo personaje, Silvio Berlusconi, que no era político pero sí una prolongación del mundo que acababa de caer. Él produjo, con menor intensidad, un segundo momento de esperanza en 2001, con una mayoría absoluta y la promesa de un milagro. Berlusconi ilusionó a muchos, los mismos que puede haber desilusionado. La alternativa, tras la resaca del 'berlusconismo', es volver a la política de siempre.
El italiano, en resumen, se siente más seguro desconfiando del prójimo. Pero hay más: no se entiende que alguien no engañe a otro si tiene la oportunidad de hacerlo. Esta amoralidad, llevada con sentido deportivo, preside en general las relaciones sociales. Al mismo tiempo, es capaz de hacer un favor a un desconocido y ser muy generoso, pero todo se resuelve a una escala personal. A veces hay hasta una sincera simpatía por el infractor de la ley, una complicidad ciudadana (otra empatía con Berlusconi). Cualquier italiano asiente con una sonrisa ante una reflexión de este tipo, que es como una letanía melancólica y familiar de vicios y defectos.
Este país de la individualidad da personalidades geniales, basta ver los libros de historia, y ciudadanos heróicos. Seres humanos excepcionales junto a verdaderos hijos de mala madre. Pero como país, Italia da lo mejor de sí mismo sobre todo cuando una grave situación colectiva hace comprender por un momento que sólo en la salvación de todos está la individual. En fin, como sucede con la selección italiana de fútbol, que se crece en la adversidad. Entonces surge un pueblo con una formidable capacidad de sacrificio y cuya unión de esfuerzos, generalmente dispersos, adquiere un enorme potencial. Así ha ocurrido, por ejemplo, en la posguerra, en las sucesivas crisis económicas y, más recientemente, con el milagro de la entrada en el euro. Italia, que al contrario de España no tiene el más mínimo sentido trágico, saldrá adelante, con o sin Berlusconi.