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Lunes, 10 de abril de 2006
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POLÍTICA
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OPINION/Los apellidos de la paz
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Hace unas semanas, el ex consejero de Interior Luis María Retolaza (PNV) se preguntaba por el concepto de paz y afirmaba que «si consideramos por paz al abandono de las armas por parte de ETA, no estoy de acuerdo. Eso es un armisticio. La paz responde a un concepto más profundo. España no nos dejará en paz». Es la misma opinión que tiene ese grupo de mujeres sin fronteras partidistas que ha descubierto la paz de género a través de ese manifiesto en el que se afirma que la paz «no consiste únicamente en la ausencia de cualquier violencia», sino que, entre otras cuestiones, tiene que ver «con un proceso de cambio que permita a la ciudadanía dar por concluidos los conflictos históricos».

Dicen los nacionalistas en los papeles que una cosa es la pacificación y otra la «normalización» y que la primera no tiene precio político, pero luego, en el día a día, se borran las fronteras y aparecen condiciones para la paz que, casualmente, coinciden siempre con sus reclamaciones de parte. El presidente del PNV, Josu Jon Imaz, es la excepción, ya que viene insistiendo con convicción en separar una y otra cosa. No ocurre lo mismo con otros dirigentes de su partido, como Joseba Egibar, que en febrero aseguraba en el Parlamento que ETA y el PNV son expresiones del conflicto y la solución pasa por reconocer la capacidad de decisión. El argumento de Egibar no explica por qué, si hay un conflicto común, ETA mata y el PNV no. Debe ser que es posible separar el conflicto del crimen y el PNV es la prueba de que puede plantearse por medios democráticos.

A la paz se le ponen apellidos como autodeterminación, soberanía o territorialidad. Sólo si se acepta este tipo de demandas se considera posible la paz. Nunca se vincula la paz con las condiciones pre-políticas que hacen posible la convivencia: la seguridad de las personas, el derecho a la vida, la desaparición de la intimidación, la libertad individual, el derecho a discrepar, el respeto a las normas. Eso, en el mejor de los casos, será el punto de llegada que se concederá una vez que se hayan aceptado las exigencias partidarias del nacionalismo, pero nunca se concibe como el punto de partida.

Si alguien piensa que la paz consiste en un escenario político en el que, simplemente, no haya terrorismo se arriesga a que se le acuse de «despolitizar el conflicto» o de cosas peores.

Cuesta explicar hoy en día en este país, en un momento de esperanza colectiva, que un lehendakari nacionalista proclamó que «pedir la paz en Euskadi hoy es pedir que callen las armas. Pedir la paz en Euskadi hoy es decirle a ETA (...) que reconsidere el absurdo y el sinsentido de su terca actitud, que recupere la cordura, que abandone definitivamente las armas». Era José Antonio Ardanza ante 200.000 personas, el 18 de marzo de 1989, en Bilbao, en plena tregua de las conversaciones de Argel. Pedía la paz sin apellidos.

f.dominguez@diario-elcorreo.com



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