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Martes, 11 de abril de 2006
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DEPORTES
ANÁLISIS
Partirse la cara
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La mejor forma de librarse de un problema suele ser resolverlo. El Athletic buscaba el domingo en San Mamés ahuyentar sus fantasmas. Francois Rebelais afirmaba que las oportunidades «tienen los pelos en la frente, cuando han pasado ya no puedes atraparlas». Y aunque a la ocasión suelen pintarla calva, se trataba de agarrarla por los pelos y al vuelo. No había tiempo que perder. Por eso la alineación de Clemente parecía tan académica como plausible. Había que ir a por ellos. Con todo. Con todo menos con un Urzaiz que sigue desaparecido en combate. Su supuesta entrada para derribar la muralla bermellona tras la labor de desgaste asignada a Llorente quedó engullida por los sucesos de una tarde accidentada. Su cabeza salvadora reposa, inerme, en el cesto del banquillo. Tiempos de reflexión para el gigante de Tudela. El ariete navarro, como el mamut de la divertida 'Ice Age', se asemeja a un atribulado coloso en vías de extinción.

El toque de clase de Fran Yeste a los tres minutos certificaba lo acertado de la apuesta. El rubio de Basauri, un rebelde con causa, se reivindicó para alegría de los que seguimos creyendo que en el fútbol el talento no se discute. Un espíritu rebelde es aquel que busca la felicidad en esta vida, afirmaba Ibsen. Pero está comprobado lo efímera que es la dicha en casa del pobre. Y, cuando la diosa fortuna hace oídos sordos al maravilloso clamor de San Mamés, pasa lo que pasa. Esa deidad caprichosa, que nos había sonreído desde que empezamos a desdeñar sus favores, nos abandonó miserablemente cuando más la necesitábamos. Si una imagen ilustra nuestras desgracias, esa es la del tremendo batacazo que acabó con Gurpegui en el hospital. Sólo verlo asusta. En una temporada de registros negativos, de nuevo entramos en el Guiness por la puerta de atrás, batiendo el récord de bajas por minuto. Dos traumatismos craneoencefálicos nos trajeron de cabeza. Lo de autolesionarse es sintomático. Ni en Alcatraz o el Sing Sing de sus peores tiempos, oiga.

Este Athletic es, a día de hoy, un equipo pequeño en juego. Le sucede como a Mickey Rooney, que se autodefinía con humor como un hombre que fue un niño de catorce... durante treinta o cuarenta años. Esconderse bajo el manto protector del tacticismo para taparlo todo resulta injusto en partidos como el del domingo. Las lesiones acabaron con cualquier margen de maniobra. Otro tema es que el Athletic es un proyecto de equipo grande embutido en un traje que le queda corto. Le tira la sisa. Se siente a disgusto y se le nota. Le devoran las urgencias. Se parten la cara. Literalmente. Van tan revolucionados como aquel piloto japonés que no acababa un maldito Gran Premio en la Fórmula Uno. Se pasan de vueltas. Sus compañeros de fatigas en el vagón de cola lo ven y se aprovechan. El Mallorca, como el perro de la fábula ante el hueso que tenía enfrente, debió pensar: si tú estás duro, yo tengo tiempo. Los de Manzano, un grupo heterogéneo y respondón, no se dejaron amilanar por el gol en contra. Y así se nos fue, delante de nuestras narices, el tren del sosiego. Viaja rumbo a lo desconocido. Ahora no hay tiempo para lamentaciones. Comienza la definitiva cuenta atrás hacia la salvación en una Liga insufrible, que se resiste a darnos un respiro. Hay películas que acaban bien simplemente porque acaban. Y a ese triste consuelo nos aferramos. Condenados a sufrir. Es Semana Santa, qué esperaban. Paciencia, resignación cristiana y aspirinas a granel para combatir tanta cefalea futbolera. Quién sabe si el domingo, en la siempre inquietante ribera del Manzanares, llega la soñada resurrección. Amén.



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