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Miércoles, 12 de abril de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
Asimetría ventajista
La reciente comparecencia pública del colectivo de políticas y sindicalistas Ahotsak plantea interesantes cuestiones en torno a la dualidad de roles que las mujeres pueden adoptar en materia política y su compatibilidad con el principio de igualdad de voz que en principio rige la esfera pública.

Sucede en efecto que las mujeres miembros de partidos o sindicatos vascos han comparecido públicamente para exponer su visión acerca de la situación política general que vive Euskal Herria ante el anuncio de alto el fuego de ETA. Y lo han hecho exclusivamente en su condición de mujeres, actuando al margen de los partidos políticos y sindicatos a que pertenecen, en los que ostentan cargos de relevancia. En algunos casos, incluso, sus posiciones como mujeres están en línea contraria a la del partido político en que militan, como éste ha manifestado expresamente. Pues bien, si reflexionamos con un poco de atención sobre la situación descrita, llegaremos a la inevitable, aunque sorprendente, conclusión de que las mujeres pretenden hoy gozar de un doble estatus político, en tanto en cuanto utilizan con normalidad el general o común de ciudadano político comprometido pero, simultáneamente, pueden utilizar el exclusivo de mujer. En otros términos, pretenden disfrutar de un doble discurso en la plaza pública, el de ciudadano y el de mujer. Situación dual que es exclusiva de las mujeres, por cuanto que los hombres no pueden hacer uso de dualidad ninguna: su estatus como ciudadano y como hombre se encuentran totalmente solapados.

Es cierto que podría alegarse que ese solapamiento del rol de ciudadano con el sexo masculino se ha producido, precisamente, por el monopolio histórico que han practicado los varones en la práctica de la ciudadanía, de la que han estado largamente excluidas las mujeres. Sin embargo, este patriarcalismo histórico en la definición del ciudadano activo nunca podría justificar un desdoblamiento ventajista en la situación de la mujer en la actualidad. Las injusticias del pasado nunca son título legitimador para cometer otras en el presente.

La disponibilidad de doble voz o estatus dual por parte de las mujeres les permite saltar de uno a otro a su conveniencia, y justificar desde uno de ellos lo que desde el otro no podrían. Las mujeres del Partido Socialista no pueden ir en contra de la línea de su partido como ciudadanos militantes en él, como les pasa a los varones de ese mismo partido. Y, sin embargo, pueden ágilmente saltar a su otro rol, el de mujeres, y desde él defender un discurso distinto. Y esta posibilidad de desdoblarse se extiende sin límites a cualquier cuestión política, no sólo a las específicas del género en las que podría tener alguna justificación.

Otro ejemplo de esta cómoda y ventajista dualidad es lo sucedido hace algunas semanas en el Congreso de los Diputados, cuando las mujeres de todos los partidos salvo el Popular abandonaron sus escaños en protesta por unas zafias palabras que dedicó el diputado Zaplana a la vicepresidenta del Gobierno. Como es notorio, ésta exhibe una notable preocupación por su aspecto personal, algo a lo que tiene perfecto derecho pero que se presta a comentarios por su propia exageración manierista. El diputado criticó burdamente esta característica de la ciudadana en cuestión, y en ese momento las diputadas de la mayoría decidieron saltar a su estatus de mujeres, abandonando el de ciudadanas. Éste no les permitía sino responder políticamente al diputado, en cambio desde el de mujer podían convertir en incalificable agresión al sexo femenino lo que era una crítica a la persona. Es claro que ningún diputado varón podría en ningún caso hacer uso de una duplicidad correlativa. Es más, ni siquiera las diputadas protestantes podrían haberlo hecho si la agresión verbal hubiera procedido de otra mujer diputada.

Esta dualidad puede llevar, aunque ésta sería la consecuencia menos preocupante, a una bifurcación del lenguaje público permitido en función del sexo de quien habla y de quien es mencionado (autocensura). Un hombre no podría criticar el aspecto de una mujer, aunque sí podría hacerlo refiriéndose a otro hombre. Algo similar a las represiones lingüísticas raciales en Estados Unidos: un blanco no puede usar la palabra 'negro' en público, en cambio los negros sí lo hacen.

Más preocupante es la contradicción que conlleva esta dualidad para la misma plena integración de la mujer en la ciudadanía. En efecto, si el objetivo es el de conseguir que el concepto y práctica de la ciudadanía integre efectivamente las perspectivas de género diversas es requisito indispensable que las mujeres aporten su visión particular a esa práctica común. Si mantienen su visión particular 'como mujeres' separada de su actividad como ciudadanos comunes, no se logrará la integración igualitaria que se predica, sino un 'feminismo de la diferencia', una especie de multiculturalismo aplicado al género. Porque si existe una 'perspectiva femenina' de los temas generales de la política se está afirmando que la de la ciudadanía común es 'masculina', perpetuándose la división estructural en géneros.

Pero la mayor anomalía que genera la dualidad de roles es la que afecta al principio de 'isegoria', es decir, al principio de que todos los 'polites' tienen igual voz en el agora (un principio que fue más importante incluso que el de igualdad de derechos o 'isonomia' para la práctica de la democracia). Porque concede doble voz a uno de los géneros y crea una distorsión notable de las formas de aparición del ciudadano en el espacio público.

Y, para terminar, una sospecha: si un grupo de ciudadanos constituyera una asociación política en la que sólo admitieran ciudadanos del sexo masculino, ¿sería permitida o sería rechazada por discriminatoria? Pues eso.



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