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Miércoles, 12 de abril de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
El auge de la Semana Santa
Si es posible, y hasta muy mayoritario, el gremio de los 'creyentes no practicantes', qué y cuántos seremos los 'no creyentes practicantes'? ¿Y los 'no creyentes no practicantes'? Un lío, como usted puede imaginarse. Un lío que, en mi caso, se agrava cada año, al llegar estas fechas, cuando, siendo un ateo confeso -otra paradoja-, reconozco que me gustan, como espectador, las celebraciones tradicionales de Semana Santa. Y cuando digo que me gustan quiero decir que me gustan mucho. O sea, que no es que si pasa una procesión la mire. No: es que, año tras año, busco esos rituales por toda España, los fotografío, escucho sus músicas y leo abundantes libros y artículos dedicados al asunto. Y hasta algún pinito de investigación antropológica tengo hecho.

La verdad es que no aprecio ninguna contradicción entre mi descreimiento y mi afición. Por supuesto que sé que sin un fondo religioso no se explican estos festejos, y, ante eso, sólo me cabe respetar a los que participan por esa motivación. Pero para mí -como para la gran mayoría de participantes- eso no es lo prioritario. Para mí es, ante todo, un ejercicio de emoción estética, vertida en rituales que suelen mezclar muchos elementos que reclaman la atención de casi todos los sentidos. O sea: una cosa muy física, muy sensual, esencialmente alejada del mensaje espiritualista que algunos gustan de repetir. (Por cierto: la historia de las Semanas Santas está repleta de órdenes nunca cumplidas contra los desmadres acontecidos con motivo de algunas penitencias). Por otra parte también me fascina 'leer' esos rituales, tratar de entender la multiplicidad de símbolos, códigos, sobrentendidos o gestos que explican las intenciones más profundas de aquello que sólo muy epidérmicamente puede explicarse como expresión de fe.

Supongo que si puedo viajar, año tras año, en pos de esos pellizcos de belleza, de esos momentos mágicos en los que la noche se trastoca o el tambor dialoga con unas calles que ven alterados sus cometidos cotidianos, o en busca de significaciones encubiertas, es porque en mi ciudad, Alicante, la Semana Santa nunca ha tenido una mínima fuerza vertebradora de lo social y de lo festivo: no es eso que se dice una 'seña de identidad'. Si así hubiera sido, o me hubiera mantenido fiel, participando en la reiteración del ritual, o habría acabado harto y abominaría de él. Pero en Alicante hay una procesión muy interesante -el miércoles por la tarde-, y el resto o son prescindibles o muy dignamente pasables; y el paisaje, tan atestado de desmanes urbanísticos, no es el más idóneo para subrayar bellezas. O sea, que me voy fuera sin dolor de corazón y con el espíritu abierto.

Pero he aquí que en ese Alicante tan poco semanasantero, las procesiones crecen -aproximadamente el 50% de las cofradías se han fundado tras la llegada de la democracia-, así como el número de cofrades, que buscan la seriedad en el desfile y la mejora en el ornato. Mis amigos dicen que esto es cosa del poder combinado del PP y de la Iglesia. Pero no es verdad. O, al menos, no es más que una parte de la verdad. El PP local sabe que tiene que premiar a otras fiestas mucho más populares y, de hecho, la aportación económica es bastante exigua. Y la Iglesia más bien se limita -salvo en el caso de algunos religiosos dedicados a la enseñanza que pretenden seguir controlando a sus muchachos- a que el asunto no se les vaya de las manos. Pero lo más significativo es que lo que mis amigos consideran un fenómeno local se está reproduciendo por buena parte de la geografía española: las celebraciones han crecido con la democracia, justo cuando todas las encuestas nos advierten de un aumento del descreimiento y de la práctica religiosa, en especial entre los jóvenes -los que alimentan las cofradías-. Y, además, no parece que los movimientos fundamentalistas cristianos tengan un papel destacado en la revitalización.

¿Qué explicación puede darse a este fenómeno? Sin duda celebraciones hay muchas y sus niveles de raigambre varían, como distintas son las funciones que cumplen según el tamaño o la economía de la población, por lo que es imposible generalizar en términos absolutos. Pero algo nos está diciendo. No digo yo que sea trascendental, pero, al menos, creo, mueve la curiosidad.

Ni el espacio me permite, ni la prudencia me aconseja, esbozar siquiera una tesis sobre la cuestión. Pero bien harían algunos en reflexionar sobre las necesidades ocultas de identidades colectivas puestas en almoneda por procesos de postmodernización y de globalización. Esta mezcla característica de asociaciones que acogen y promueven la sociabilidad sin grandes exigencias a cambio, y que, a la vez, se autoproclaman representantes, en las calles, de una ciudad, de un barrio o de una profesión, convocan y van a seguir convocando a sectores sociales ayunos de otras formas de encuentro y de expresión sentimental. Y no sólo la Semana Santa: ¿No será, quizá, el temido 'botellón' otra incierta expresión de esas necesidades insatisfechas, de esa búsqueda de compartir símbolos, de adueñarse del espacio urbano, de, a la vez, ser 'alguien' y de ser anónimo? ¿Y qué decir de ciertos fenómenos asociados al espectáculo deportivo?

La paradoja consiste en que, para que todo ello sea posible, las celebraciones pasionales, en muchos lugares, han tenido que despojarse del peso siniestro de aquellas Semanas Santas franquistas llenas de silencio, películas de los milagros de Lourdes y de obligada abstinencia gastronómica. Las adhesiones identitarias como las que comento requieren de determinados niveles de libertad de adhesión, y si se tratan de imponer serán rechazadas. Lo que no es contradictorio con que la Iglesia aporte una red institucional que puede servir de puerto a muchos despistados. Porque la identidad que aquí describo requiere, al menos, de una apariencia de 'tradición'. Y eso también lo proporciona la Iglesia. El círculo se cierra, aunque no haga aumentar el número de creyentes practicantes. Gracias a Dios.

Yo, por mi parte, estoy a punto de marcharme, con mis prácticas descreídas, a Sevilla. Y ya se sabe la anécdota: un sevillano preguntó a otro que a quién representaba la figura de una mujer en el paso de la Sentencia, de la Hermandad de la Macarena; y esa mujer era la esposa de Pilato, la que, según algún apócrifo, pidió a su marido que perdonara a Cristo. El otro sevillano, teológico, le respondió: «Ésa es la desgraciada que casi nos deja sin Semana Santa».



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