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Miércoles, 12 de abril de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
Judas
La hipótesis de que, al contrario de lo que afirma el imaginario cristiano, Judas fue el que verdaderamente se sacrificó por la salvación de los hombres al entregar a Jesús a los romanos y quedar así como el traidor por antonomasia siempre me ha parecido fascinante. Da un vuelco a la leyenda. Según hallazgos relativamente recientes, Jesús pidió a su apóstol que le traicionara a sabiendas de que Iscariote iba a convertirse en el personaje más detestado, vilipendiado, maldito y reprobable de la Historia, cualidades inversas que realzaban así las supremas virtudes del Crucificado. Todo héroe necesita un villano y a Judas no le gana en villanía nadie: traicionó al Maestro, cobró por ello y además tuvo el gesto terrible de colgarse de un árbol para descender al infierno interminable sin posibilidad de segundas oportunidades. Fue el canalla insuperable.

La hipótesis no es nueva: ya la planteó Borges en su texto 'Tres versiones de Judas', incluido en su libro 'Artificios', publicado en 1944. La leyenda gnóstica, por qué no decirlo, parece tan rocambolesca como inverosímil: el Hijo de Dios pide a su discípulo que le delate y le impone así el supremo sacrificio de pasar a la memoria de los hombres como el peor de los traidores. He de reconocer que, como siempre nos pasa a los humanos, siento una atracción especial hacia el malo de la película. En mi condición de ateo sólo veo en el relato una historia literaria desarrollada con notable imaginación, pero la tarea de reivindicar a Judas me parece del todo necesaria. Convertir a un hombre en el ser más odiado de la Historia y además con su aceptación voluntaria de semejante papelón es un alarde de lo que ahora llamaríamos maquiavelismo. Fue el crimen perfecto, si se me permite la referencia policiaca.

Borges se pregunta, utilizando alusiones ajenas, cómo es posible creerse que un hombre que ha recorrido todos los caminos, que goza de una popularidad masiva y que si viviera en este tiempo firmaría interminables autógrafos cada dos pasos, necesita a un delator para ser apresado por la fuerza pública. Ahí es donde falla la coherencia del relato, pero no importa. Alguien tenía que hacer el papel de malvado, como en todas las historias, y le tocó al pobre Judas, cuya reputación odiosa me temo que ya es incorregible. Y fue tal su sacrificio que ni siquiera pudo gastarse las treinta monedas en algún capricho mundano. Murió como un perro y pasó a encabezar la historia universal de la infamia hasta nuestros días. Menudo favor le hizo el Hijo de Dios a su discípulo. Podría haberse fijado en otro.



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