Contra su costumbre, 'Il Cavaliere' permaneció callado toda la noche del lunes y ayer hasta las siete de la tarde. Cuando apareció se mostró tranquilo y convincente, explicando que él se limita a esperar que todas las comprobaciones de control confirmen los resultados. Parecía hasta humilde, haciendo gala de una gran deportividad ante la imagen de un Prodi que se tiró a la piscina de madrugada celebrando el triunfo antes de tiempo. «De quien había repetido mil veces en la campaña que había que unir este país y nos culpaba de dividirlo, uno se esperaba una actitud más responsable, y él festejaba sin saber qué ocurría con el Senado, como si no existiera», atacó.
Su tranquilidad se debía a una simple constatación: Berlusconi no ha perdido, aunque lo digan los números. Su derrota ha sido por la mínima y no ha habido ningún cataclismo. Todos los sondeos se han equivocado y no han visto su remontada, en la que él confiaba contra el escepticismo general. Ha sido una nueva demostración de su energía titánica, sigue manteniendo intacto su tirón y de paso el liderazgo del centroderecha. Su coalición, que parecía resignada a la derrota y a punto de abrir una guerra interna nada más saber los resultados, ayer aparecía de nuevo lisa como una balsa. Todos sonreían.
«Buscar la unidad»
De este modo y describiendo un país dividido al 50%, no tuvo reparos en tender su mano inocentemente para una posible participación en el Gobierno. «Si sólo representa a una mitad de los italianos, no puede aspirar a gobernar con un programa que es totalmente opuesto a los deseos de la otra mitad, debemos razonar en términos de unidad», reflexionó. Luego incluso propuso una 'gran coalición' a la alemana. En realidad, Berlusconi ya está disfrutando el espectáculo de ver sufrir a Prodi en un Ejecutivo muy complicado, y ayer pareció que simplemente se ha sentado a esperar que caiga. Para empezar ha puesto el primer obstáculo, la petición de que se revise a fondo el escrutinio, pero es sólo el principio.