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Miércoles, 12 de abril de 2006
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Detenido en Corleone el jefe supremo de la Mafia siciliana tras 40 años de persecución
El rostro de Bernardo Provenzano constituía un misterio hasta el momento de su captura
Detenido en Corleone el jefe supremo de la Mafia siciliana tras 40 años de persecución
UN SEGUIMIENTO VIRTUAL. La Policía italiana fue actualizando con técnicas informáticas a través del tiempo la única fotografía que poseía de Bernardo Provenzano, captada en los años cincuenta. .
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EL LÍDER FANTASMA
Nació en 1933 en Corleone, la mítica localidad siciliana símbolo de la Mafia.

Era conocido como 'Zio Binu' y como 'U tratturi' ('El tractor') debido a su fuerza para disparar, matar y lo que hiciera falta.

Su carrera mafiosa y escalada criminal comenzó en la década de 1950, cuando se convirtió en el lugarteniente del gran jefe de la Mafia corleonesa, Luciano Liggio.

Con el paso de los años y ,tras dejar un reguero de sangre, Riina y Provenzano se hicieron con el control de la Cosa Nostra. Según los biógrafos, las relaciones entre ambos eran de amor y odio.

'Zio Binu' es el que ha manejado durante medio siglo los hilos del reciclaje de dinero y del control de las relaciones.

Acudía a las reuniones de la cúpula disfrazado de obispo, con sotana negra, para pasar inadvertido.

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Las dos noticias del año en Italia, ambas históricas, en el mismo día. Bernardo Provenzano, el jefe supremo de la Mafia siciliana desde 1993, buscado desde hace 43 años, fue detenido ayer en las afueras de su pueblo, Corleone, como si nunca hubiera salido de allí. Estaba en una casucha miserable, uno de sus muchos escondrijos de fortuna en una tierra donde puede contar con una red infinita de hombres fieles. Le ha traicionado el rastro de un paquete de ropa limpia salido de su casa, donde todavía vive su mujer, llevado por una cadena de distintos portadores hasta este paraje solitario. La Policía vio cómo se abría una puerta y sólo asomaba un brazo. Provenzano no se mostraba nunca a nadie, pocas personas lo han visto en estas últimas décadas y podía pasar meses sin ver la luz del día. «Luego cuando sale está blanco como la leche», relató Giovanni Brusca, famoso 'arrepentido', en 1996. Esta vez la Policía no ha usado confidentes ni soplos, lo ha atrapado con paciencia «al viejo estilo», vigilando su casa durante años, siguiendo sus correos, «en una tierra donde es más fácil encontrar un enemigo que un amigo», según contó ayer uno de los fiscales de Palermo, Giuseppe Pignatone.

Cuando llegó a la comisaría central de la capital siciliana, a las tres de la tarde, en medio de una gran expectación, le esperaba una multitud curiosa que ansiaba ver a un fantasma. Entre gritos de «¿Bastardo!» y «¿Disonore!» (deshonor), entre agentes con pasamontañas que levantaban los brazos haciendo con los dedos el gesto de la victoria, y otros que no podían evitar las lágrimas, en medio de una agitación de policías nerviosos y una excitación extraordinaria, el coche se detuvo. La emoción civil de una tierra que sufre desde hace un siglo el cáncer devastante de Cosa Nostra estaba a punto de estallar ante un momento esperado desde hace décadas. Se abrió la puerta y un hombrecillo de pelo canoso bajó del coche. Era Bernardo Provenzano. Era la primera vez que se sabía qué cara tenía. La Policía tuvo que hacer la prueba del ADN para confirmar que era él.

Avejentado

Ese señor avejentado, que podría ser uno de tantos campesinos silenciosos de Sicilia, es 'La Belva' (la Bestia), es 'u Tratturi' (el Tractor). Es el último del temible trío de los Corleoneses, tras la muerte de Calogero Bagarella en un tiroteo en 1969 y la detención de Totó Riina en 1993. Los tres amigos se forjaron como un terrorífico grupo de sicarios en los años 50, cuando Corleone, como otros míseros rincones de la Sicilia de la posguerra, era un pueblo pobre y sin futuro. Todos emigraban a América o malvivían pasando hambre. Provenzano era un chiquillo, tercero de siete hermanos, que dejó la escuela con 10 años y ayudaba a su padre con las mulas. El amo de Cosa Nostra era y ha sido siempre casi un analfabeto, un ser primitivo de crueldad ancestral formado en las reglas elementales de los códigos de los 'hombres de honor', como se llaman a sí mismo los mafiosos. Un hombre de otra época. Desconfiaba de los móviles y seguía prefiriendo como sistema de comunicación pasar papelitos, los 'pizizni', hechos una bola. Escribía órdenes, comentarios, enviaba besos a su familia.

Aprendió el oficio con Bagarella y Riina a las órdenes de un jefecillo local, Luciano Liggio, para quien eliminaron de doce tiros al cacique de la zona, el doctor Michele Navarra en 1958. Liggio apreciaba a los chicos, pero nunca hubiera pensado que Provenzano fuera quien más lejos llegara: «Dispara como dios, pero tiene el cerebro de una gallina», decía de él. Era el más sanguinario y se le atribuye haber matado a varios hombres con sus propias manos. Entre las mil historias novelescas de la biografía de Provenzano, la del día que murió su amigo Bagarella es una de las más impresionantes. Los tres matones fueron a liquidar a Michele Cavataio, un 'capo' rival que no se sometía a su hegemonía, disfrazados de policías. Arriesgaron, porque el edificio estaba muy vigilado, pero entraron en su despacho y abrieron fuego sin mediar una palabra. Cavataio tuvo tiempo de reaccionar y al disparar por debajo de la mesa mató a Bagarella. Se desplomó en el suelo, pero en realidad estaba vivo y se hizo el muerto. Provenzano, con su amigo muerto a su lado y con sus enemigos a punto de entrar en la habitación tuvo la sangre fría de registrar los calcetines de Cavataio. Buscaba, como él mismo haría años después, papelitos con nombres de cómplices. Mientras lo hacía, notó que Cavataio se movía y allí mismo le machacó la cabeza a golpes de revólver. Luego, lo remató a tiros.

Con pocas luces

Pero Provenzano, mortal y de pocas luces, siguió a la sombra de Riina, mientras el 'clan de los Corleoneses' se adueñaba de Sicilia, de Italia, establecía lazos con los hermanos de Estados Unidos y a finales de los ochenta desafiaba abiertamente al Estado. Ante ellos hubo ciudadanos heroicos, a los que Italia nunca agradecerá suficientemente sus servicios, como los jueces Falcone y Borsellino, asesinados brutalmente en 1992 cuando llegaban al corazón de la Mafia y sus complicidades con la política. Los dos sabían que iban a morir por lo que estaban descubriendo y nunca se ha llegado a saber. Esta gravísima culpa pesa como una mole sobre la democracia italiana y aún espera una respuesta.

La Mafia en esos años fue imparable: controlaba la droga, la construcción, las adjudicaciones públicas, eliminaba a políticos, magistrados, periodistas, empresarios, funcionarios. Totó Riina fue detenido en 1993, pero aún no se ha aclarado por qué pasaron 18 días hasta que los agentes fueron a registrar su casa, localizada desde el primer día. Entretanto, la Mafia se llevó hasta los muebles y pintó las paredes. Pese a todo, la política seguía protegiendo a la Cosa Nostra.

Provenzano tomó el mando y optó por cambiar a una estrategia acorde con su carácter. «Se pliega el junco y pasa la riada», dice un proverbio siciliano. Provenzano es un superviviente. 'La Mafia invisible' se ha llamado este fenómeno, una mafia igualmente presente, pero que no hacía ruido ni ponía bombas y hasta parecía que ya no existía. Pero era igual de fuerte que siempre, e incluso más peligrosa, por intangible, un auténtico estado paralelo. 'La Mafia invisible' estaba dirigida por un fantasma. Su única foto es la tomada para el servicio militar, que muestra a un mozo endomingado, y está en búsqueda y captura desde el 18 de septiembre de 1963. Después, la Policía ha vivido de retratos robot, imaginando cómo iba envejeciendo.

Diálisis en Palermo

La sombra de la protección política ha vuelto a asomar varias veces, cuando la Policía ha llegado sólo unos minutos más tarde al lugar donde acababa de estar. Han detenido a su mujer, a su yerno, a sus tíos, a su contable, a sus lugartenientes. Hace tres años se entregó Nino Giuffré, delgado y cansado, su brazo derecho, harto de vivir en el campo, como un alma en pena, sin dormir más de tres días en el mismo sitio. La Policía sabía que Provenzano estaba enfermo y se sometía a diálisis en clínicas de Palermo. En 2003, descubrió que se había operado de próstata en Marsella, con nombre falso. Y pasó los 2.000 euros de factura al sistema de salud del Gobierno regional de Sicilia. Hoy sigue habiendo muchos políticos acusados y procesados de complicidad con la Mafia, entre ellos el presidente regional, Totó Cuffaro, democristiano de la coalición de Berlusconi.

Ayer, la Policía derribó una puerta y se encontró a un anciano de 73 años, con tres crucifijos al cuello, junto a una máquina de escribir, suficiente para gobernar la Mafia con una palabra. «¿Es usted Bernardo Provenzano?», le preguntaron. Él se limitó a abrir los brazos con cansancio, después de 43 años. Alguien, en algún lugar de Sicilia, ya ha tomado el mando. Se puede llamar Matteo Messina Denaro. i.dominguez@diario-elcorreo.



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