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Miércoles, 12 de abril de 2006
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Venenos
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Vimos a La Veneno la otra noche en 'TNT'. La Veneno, ¿se acuerda usted?: aquel personaje, nunca supe si enteramente transexual, que Pepe Navarro convirtió en 'estrella' de la tele golfa. Ahora vuelve a ser noticia, por así decirlo, porque ha caído en el hoyo, cárcel incluida. Cuando nos lo contaron era muy tarde, madrugada oscura. Mejor así: no conviene que esas cosas las vean los niños. Más aún: tampoco conviene que las vean los viejos, ni las amas de casa, ni los oficinistas, ni los trabajadores del metal, ni los deportistas ni, en general, cualquier individuo de la especie humana. Incluso dudo que sea conveniente que lo hayamos visto los críticos de televisión.

Un colega ha definido a La Veneno como un 'juguete roto' de la 'telebasura'. Y, sí, lo es. Pero la verdad es que ya venía roto de casa, como muchos de los 'freaks', de los monstruos que la pequeña pantalla exhibe en su aparatoso barracón de feria. Es eso lo que añade crueldad y dolor a la situación. Para alguien como La Veneno debe de ser fascinante que «todo el mundo» ría tus gracias, que «todo el mundo» hable de ti, que digas un taco y te lo alaben, que sueltes cualquier estupidez y las masas se conmuevan con loca alegría. Por fin tu vida tiene sentido. Hasta que tus gracias ya no hacen gracia; hasta que tus tacos y exabruptos y estupideces ya sólo producen indiferencia; hasta que ya nadie te hace caso. Entonces se acabó.

Si has tenido buen ojo, todavía habrás podido invertir juiciosamente el dinerillo que te hayan dado en la tele: un bar de copas, un apartamento para subarrendarlo a dos docenas de familias inmigrantes, en fin esas cosas. Y si no has tenido esa precaución, si has llegado a creerte que tu fama duraría toda la vida, entonces la ruina se precipitará sobre tu cabeza con una acritud que te dejará aún más hundido que al principio, cuando sólo eras un marginal. El deplorable camino de La Veneno sólo inspira una amarga compasión. Y también un cierto asco hacia la capacidad de la tele para crear miseria moral. Quizás este es el verdadero veneno.



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