Balmaseda es durante estos días un pueblo con doble vida. Al forastero podría pasarle inadvertido, porque en la superficie todo parece normal: los vecinos hacen sus compras, toman sus potes, se entregan a los afanes propios de una jornada cualquiera del siglo XXI. Pero, mientras apuran el zurito o se sientan en la plaza de San Severino bajo el tibio sol de primavera, muchos de ellos ya están escenificando otra historia que se adueñará definitivamente del casco urbano a partir de mañana. Y en el centro de ese argumento que va tomando cuerpo está Gaizka Gutiérrez, el protagonista de la Pasión Viviente de este año, un joven de 26 años que lleva meses adaptando su imagen y sus pensamientos a los de Cristo.
Gaizka baja por Correría vestido con la sudadera mahón de Cerrajería Oskar, el negocio familiar donde trabaja. Pero, en su cabeza, ya está protagonizando un episodio de historia sagrada, porque esa calle es uno de los tramos más importantes del Vía Crucis. «Siempre bajo por el centro, como en la Pasión. Siempre me acuerdo... Supongo que es parecido a cuando un ciclista pasa por el Tourmalet, que a lo mejor toca el suelo porque es un sitio sagrado para él», intenta explicarse. Encarnar a Cristo es un sueño cultivado desde la infancia, desde que un Gaizka de nueve o diez años empezó a salir en la procesión infantil de la Magdalena. Años más tarde, fue ascendiendo en el escalafón evangélico: durante varios años fue miembro anónimo de la turba o penitente, pero en la pasada Semana Santa ya ocupó el lugar de San Andrés, con la encomienda de sustituir a Jesús si algo se torcía.
Respirar tras la muerte
«De pequeño, mis máximas aspiraciones eran jugar en el Athletic y esto, pero en el fútbol era bastante malo -se ríe-. Estoy apuntado para hacer de Cristo desde los 18. Es lo máximo. Lo he pensado tantas veces que es como si ya tuviese recuerdos». En la cerrajería, su madre le observa con una mezcla de cariño y extrañeza: en Balmaseda hay familias tremendamente implicadas en la Pasión, cuyos miembros aparecen como personajes bíblicos en las fotos enmarcadas de sus casas, pero la de Gaizka no tiene particular relación con las representaciones. «Él me ha metido en el ajo», dice la madre, Pili Orrantia. Con 14 años, el hijo le hizo prometer que, si alguna vez hacía de Cristo, ella sería su Virgen María. Ya con esta perspectiva, debutó el año pasado interpretando a Verónica: «Fue una buena experiencia. Este año, mi papel consiste en dejarme llevar por las emociones, así que me saldrá solo. Soy muy llorona, aunque de momento no he llorado nada: el año pasado, en los ensayos, ya estábamos todas con las lágrimas. Bueno, todas y también algún caballero».
Más complicado lo tiene su hijo. El papel exige un tremendo desgaste físico: sus vecinos le azotarán, le golpearán, le escupirán y le colgarán de la cruz. Pero lo que más ensombrece su ánimo no es el miedo al dolor, sino la posibilidad de fallar a una tradición de siglos, aunque sea en algún detalle nimio: «Lo que más impone es el peso del pueblo. Dolor va a haber, eso está claro: la Cruz pesa, te roza al rebotar en los adoquines, pero ese día tienes más fuerza que otros. Lo peor es la responsabilidad... Pienso en cosas como respirar después de muerto, o tragar saliva. Voy a estar siete minutos colgado, con la boca seca, el cuerpo seco, y lo natural será mojarme los labios o tragar, pero tengo que controlarlo». También teme el olvido, la posibilidad de que esta experiencia anhelada pase sin dejar huella, como si simplemente la hubiese soñado una vez más: «Quiero ser consciente y recordar. Sé que no voy a ver a la gente, sino sólo un bulto, pero espero acordarme de todo cuando me quiten la Cruz».
La prueba del sudario
Pasear con Gaizka por Balmaseda es como abrir una puerta mágica y acceder a ese mundo paralelo que estaba oculto tras la apariencia normal del pueblo. Los vecinos se quitan la máscara, o quizá se la colocan, y se transforman en personajes imponentes. Juantxu Ruiz, que vuelve de pescar con una trucha de las de verdad, se convierte en el Cristo de 1956: «Mi padre hizo una promesa y me apuntó en el 48. Después murió, pero yo cumplí la promesa. Fue bonito», recuerda. Juanjo Vega, del bar Ekaitz, es de pronto un reputado centurión romano, aunque en sus más de treinta pasiones ha hecho de casi todo. La clave está en el casi: «No quise salir de Jesús por no dejarme el pelo largo. Hoy en día resulta normal, pero hablamos de hace cuarenta años: en el pueblo sabían quién eras, pero bajabas a Bilbao y te seguían por las melenas». Una mujer se acerca y dirige a Gaizka una frase que, en cualquier otra circunstancia, sonaría muy inquietante: «¿Podrás pasar mañana a probarte el sudario?». Y Koldo, el de la funeraria, que está despegando unas esquelas de la pared, dedica al joven una sonrisa envenenada de humor negro.
-¿Qué, voy preparando la tuya?
«Las miradas de la gente no me agobian. De hecho, intento disfrutarlas. Cada mirada es como si te dieran un empujón de ánimo, es como un guiño. El chaval que sale de Jesús en la procesión de la Magdalena vive la misma historia en la ikastola. Por un mes, es alguien diferente, yo creo que ni le pegan», analiza. Hasta su mujer, Mikele, le contempla con curiosidad: siempre ha sido difícil pillarlo recién afeitado, pero ahora su apariencia se asemeja definitivamente al Cristo de las imágenes. «Con melena está guapo, me gusta, pero en las últimas semanas lo veo un poco de estampita», bromea la chica.
Ella es de Aranguren y, como la mayoría de los forasteros, no acaba de entender esta doble vida de los balmasedanos, pero los diez años que lleva con Gaizka la han acostumbrado al Vía Crucis. En las últimas semanas, por las noches, la pareja colocaba la tabla de planchar y ensayaba la Última Cena. «Ya me sé todo el diálogo -sonríe Mikele-. ¿Que cómo lo voy a pasar? Supongo que mal, lloraré, no será agradable, pero ya he visto a muchos y todos han vuelto a casa enteritos. Magullados, pero enteros. Y esto es lo que él más desea».