El lunes pasado, en el transcurso de una larga entrevista publicada por el diario 'El Mundo', el secretario general y portavoz parlamentario de Esquerra Republicana, Joan Puigercós, dejaba caer una sorprendente reflexión. Preguntado por la concepción nacional de su organización y, más concretamente, sobre si la introducción del término nación en el preámbulo del Estatut podía ser el primer paso en el camino hacia un futuro Estado catalán, Puigercós respondía lo siguiente: «Nuestro objetivo último no es la independencia, sino la felicidad. Claro que, para ser más felices, necesitamos un Estado».
Se trata de una curiosa declaración. Es cierto que proviene de una organización que encarna como ninguna otra características propias de una política posmoderna o posmaterialista, apoyada tanto sobre una estética muy cuidada como sobre un lenguaje formalmente renovado. Este discurso sobre el Estado como instrumento para el crecimiento de la felicidad de los nacionales se suma a otro, más repetido, que apunta en una dirección parecida. Me refiero a aquel que enarbola la idea de «comodidad» para justificar la transformación de las estructuras estatales: debe modificarse el actual Estado autonómico para que todas las sensibilidades e identidades nacionales existentes en España puedan sentirse cómodas.
Uno de los más reconocidos estudiosos de los nacionalismos, Ernest Gellner, señala que aunque tener una nacionalidad no es un atributo inherente al ser humano con el tiempo ha llegado a parecerlo, de manera que se asume que una persona debe tener una nacionalidad al igual que tiene una nariz o dos orejas: «Una deficiencia en cualquiera de estos particulares -concluye- no es impensable, pero sólo como resultado de algún desastre». En la concepción nacionalista clásica carecer de Estado propio tiene mucho de mutilación desastrosa.
En la práctica, muchas veces lo es: ¿hubiera sido igual la situación de los armenios o los musulmanes bosnios de haber contado con un Estado propio? En un mundo Estadocéntrico (Benhabib), donde quienes carecen de Estado ven amenazados no sólo sus derechos de ciudadanía sino sus mismos derechos humanos, la posesión de un Estado sigue siendo la condición de posibilidad (necesaria aunque no suficiente) para la supervivencia de naciones como la palestina, la saharaui o la kurda.
Por eso llama la atención lo dicho por Puigercós. Hay lugares, Cataluña es uno de ellos, en los que un Estado propio puede ser un medio para crecer en felicidad o para ganar en comodidad, pero de ninguna manera es ya cuestión de supervivencia. ¿No ocurre lo mismo en Euskadi? El nacionalismo vasco celebra hoy el Aberri Eguna. Su coincidencia con el Domingo de Resurrección conecta con un imaginario agonístico que alimenta discursos sobre la supervivencia nacional más que sobre la felicidad de los nacionales.
Esperemos que todo esto vaya cambiando. Porque si bien un nacionalismo de la felicidad no será en absoluto sencillo de gestionar (al contrario, planteará nuevos problemas de egoísmo particularista y de irracionalidad argumental), al menos no planteará alternativas tan dramáticas como el nacionalismo de la supervivencia.
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